PROYECTO ASEBALD

Las cajas negras son de color naranja. El negro está en el interior, en el corazón del artefacto, donde se encuentra la placa de memoria y sus circuitos integrados. También hay negro en el propio concepto: el accidente, el duelo, el luto, el misterio, la memoria: porque si la memoria fuera de algún color seguramente sería de ése. Pero el exterior de una caja negra es naranja flúor, con cintas que reflejan la luz, para facilitar la localización de ese almacén de memoria en caso de que deba ser rastreado.

La caja negra de un tren.

Descarriló mi sueño y, con esa imagen en el entrecejo, llegué a la Gare d'Austerlitz. Era madrugada. El diario de ayer devenía un anacronismo en el asiento de al lado. Las palabras no son descriptivas; la realidad no es lo que parece, pero es. Viajaba por vez primera con abrigo marrón y con maleta (mi mochila de todos los viajes en aquel momento debía estar en el armario, desinflada). Aquella estación siempre había estado en mi llegada y en mi partida de París, pero por primera vez era un destino en ella misma.

La causa era Sebald de nuevo. Me daba cuenta entonces -mientras avanzaba por el andén rodeado por los centenares de viajeros que me habían acompañado durante horas sin yo saberlo- de que todos los trenes europeos en que yo había viajado se deslizaban por los mismos raíles que habían guiado los trenes de Sebald y de sus personajes, la misma red ferroviaria que ha dibujado un mapa de exilios y deportaciones sobre la geografía del Viejo Continente. Red férrea sobre paisaje terrestre.

Hay un capítulo clave para comprender el por qué de la importancia que el escritor otorga a la red ferroviaria en toda su obra, una importancia que va más allá de la defensa del viaje horizontal o del romanticismo con que cine y literatura han barnizado el desplazamiento en tren. Se trata de la segunda sección de Los emigrados , consagrada a la biografía de Paul Bereyter. Comienza con la fotografía de unos raíles tomada a ras de suelo; su última imagen es la del croquis infantil de una estación. Bereyter, que había sido maestro del joven Sebald y había sufrido marginación por un cuarto de ascendencia judía, se suicida en 1984 (cuatro años después de Jean Améry) lanzándose a las vías del tren. En su casa se descubre una sofisticada maqueta de ferrocarril. De nuevo: el tiempo. El tiempo, regido por el reloj, unificado, lo inventa el tren. A medida que la red ferroviaria fue extendiéndose, a lo largo del siglo XIX y en paralelo al telégrafo, fue posible sincronizar los tiempos seculares de las estaciones y las mercaderías. Nació entonces la puntualidad. Vinculada a los conceptos de rendimiento económico. La modernidad y el progreso entendidos como conquista, como construcción de un sistema, de una red. Que en el Congo, en el tránsito del XIX al XX se vinculó fatalmente al genocidio. De nuevo: la maquinaria nazi de exterminio.

Los trenes en la obra de Sebald serían subterráneos, como la red de metro: subtextuales.

Me imagino esa maqueta a través de la red de vías europeas que Claude Lanzmann muestra en Shoah , por donde circularon esos trenes llenos o vacíos que Costa Gavras visualiza en su película Amén, trenes que obsesionaban a los oficiales nazis, como se observa en Eichmann en Jerusalén, de Hannah Arendt, y en tantísimos otros libros de testimonio y de historia. Los viajes de Sebald (per)siguen los caminos férreos de la infamia, son los mismos que atravesaron los trenes que deportaron a millones de personas; y también son los mismos en que viajaron los autores que él (ad)mira, de soslayo: Kafka, Conrad, Nabokov, Benjamin...

"El irónico asombro con que registra los hechos le permite mantener la distancia indispensable para todo conocimiento. Y sin embargo también en él (Kluge), el más ilustrado de todos los escritores, se agita la sospecha de que somos incapaces de aprender de la desgracia que hemos causado, y que, incorregibles, seguiremos avanzando por senderos trillados que vagamente guardan relación con las antiguas conexiones viarias.", afirma en Sobre la historia natural de la destrucción .

Como los trenes, los seres humanos repetimos trayectos, atrapados por los mismos horarios, los mimos kilómetros, las mismas ciudades, las mismas huellas de dolor, que atraviesan la historia en una red de líneas innumerables.

En esos trenes llegó a París y partió de ella Jacques Austerlitz, el niño que iba a ser enviado a Gran Bretaña y el adulto que lentamente descubrió, deambulando por los laberintos de tres ciudades, que había sido precisamente el niño que había olvidado ser.

 

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