EL EFECTO FOGWILL
EL EFECTO FOGWILL
Fogwill
Los libros de la guerra
Mansalva
Buenos Aires, 2008.
378 págs.
En otro orden de cosas
Interzona
Buenos Aires, 2008.
189 págs.
Fogwill es un problema que se reformula periódicamente. Acaban de aparecer en Buenos Aires dos nuevas muestras de su reedición incesante. Por un lado, Los libros de la guerra, una recopilación de sus intervenciones, sobre todo periodísticas, desde 1981, acompañada de varias entrevistas. Por el otro, el ensayo novelado En otro orden de cosas, con copyright de 2001. Mientras el primer volumen nos recuerda tanto la inhabitual inteligencia del escritor –cuyo análisis siempre triangula entre la política, la publicidad y la literatura– como su proverbial tendencia a la polémica (de polemos: guerra), el segundo abre un interrogante sobre la calidad estrictamente literaria de su proyecto.
El libro se divide en doce capítulos, que remiten a otros tantos años de la historia argentina (1971-1982). A través de un personaje cercano al autor, que se mueve desde una inicial actividad revolucionaria hasta una cómoda posición en una multinacional, los hechos novelescos, la ambientación o la trama son sacrificados con el fin de elaborar, más ensayística que poéticamente, una serie de ideas sobre el peronismo, la lucha armada, la dictadura militar, el neoliberalismo y la pactada transición democrática. El sobresentido del relato tiene que ver con la relación de vasos comunicantes de la política y de la sentimentalidad con el mercado. Los empleados de la Torre, donde el protagonista se convertirá en el responsable del desarrollo de proyectos “culturales”, conviven con el contexto dictatorial o con la corrupción interna sin sentirlos dramáticamente, igual a como el protagonista cambia de bandera o de novia o de apartamento sin que ello le genere conflicto alguno. Impera en En otro orden de cosas un tratamiento de la realidad casi forense y la tendencia a la abstracción. Intelectualmente es, sin duda, estimulante; artísticamente, en cambio, decepciona.
La decepción se debe, en parte, al “efecto Fogwill”. En los textos de Los libros de la guerra se observa su obsesión por Ricardo Piglia, de quien se ha convertido en una auténtica bestia negra. En 1981 ya lo citaba en Vigencia (“se ha dictaminado que Respiración artificial es la peor novela de su generación”) y, más de un cuarto de siglo después, en una entrevista con Daniel Link, insinúa que su pretensión con Vivir afuera (1999) era escribir la novela argentina de referencia de los 90, como Respiración… (1980) lo fue de la década anterior. El estratega Fogwill, tal como se deduce sobre todo de la lectura de la sección “Libros” de su antología periodística, trabaja en el campo literario con las mismas herramientas con que lo hace en el marketing. No es casual que se refiera a la operación para canonizar a Roberto Arlt con el término “lobby”. Como un lobby de presión se puede leer su trabajo para imponer a Laiseca, Aira o Lamborghini y crear, así, su propio ámbito de recepción (también defiende a Gandolfo, Levrero y Cohen, pero no con la misma voluntad de filiación). En su concepción de la figura del escritor, este es un publicista de sí mismo.
En Fogwill los libros están vivos: circulan, se reinterpretan y, sobre todo, se combaten o se reivindican. No hay idea más ajena a su universo que el de la biblioteca entendida como archivo. Uno se define por los libros con los que trafica. El lector es un drogadicto y un dealer. Todo eso ha participado en la leyenda Fogwill, responsable directa del “efecto Fogwill”. Por su inteligencia, por su activismo cultural, por su prosa y por su dimensión de (supuesto) escritor maldito, esperamos más de Fogwill de lo que –al menos de momento– nos ha dado. Como cuentista y como autor de novelas breves, por su excelencia, es comparable con Roberto Bolaño (como él, es un ensayista incisivo, pero sólo notable); pero Bolaño escribió también Los detectives salvajes y 2666. No hay –insisto: de momento– en la bibliografía de Fogwill ningún libro a la altura de los mejores de Piglia y Aira. De modo que habría que reconsiderar su supuesta condición canónica al lado de sus dos contemporáneos. Situación que él mismo ha contribuido a crear, dividiéndola en dos bandos. No cuesta imaginar en su mesita de noche un ejemplar El arte de la guerra.