SEGUNDA RESPUESTA DE GONZALO GARCÉS
Estimado Jorge,
Empecemos por aclarar que no hay voluntad de acusación en mi carta. Lo dije, vuelvo a decirlo: aprecio el debate y te agradezco este espacio para tenerlo. Entiendo que el mejor modo de hacerle honor, ahora, es intentar analizar dónde seguimos en desacuerdo y donde coincidimos.
Ciertamente, no te acusaría de ser un “cooperante internacional”. Si acaso, podría reprocharte ciertos rasgos que suelen encontrarse, me temo, en el ámbito universitario: la apelación al principio de autoridad, así como cierta tendencia a dar por verdad revelada la versión académicamente aceptada de ciertos hechos, sin someterlos a un examen más personal.
Dices, por ejemplo, que Internet “le dio la razón a Borges”. Dices también que Nabokov no pudo en modo alguno ser influido por Borges, pues su “madurez absoluta no permitía las filtraciones”. Dices, o sugieres, que la influencia de Borges en Foucault, Pynchon o Eco es superficial y carece de interés. Y que todo esto es “demasiado obvio para discutirlo.” ¿De veras? Veamos.
Caso Nabokov: como sabes, en ninguna parte está escrito que un autor no puede recibir influencias en su madurez. Numerosos ejemplos muestran lo contrario. Ahora bien, la idea de que Vladimir Nabokov, pasada cierta edad, se volvió impermeable a toda influencia, fue propagada por el mismio Nabokov, específicamente para desalentar la lectura de su novela “Invitación al suplicio” como tributaria de Kafka. Uno puede aceptar esa coartada si tiene fe ciega en los libros de texto, pero no si ha leído a Nabokov y observado hasta qué punto su lectura atentísima de otros autores regresó siempre, en su propia obra, bajo la forma de parodias, pastiches y emulaciones varias. “Invitación al suplicio” es kafkiana, no importa cuánto mortificara esa noción al maestro ruso; y “Pálido fuego”, con su idea de la narración novelesca como interpretación crítica de un texto, es tributaria de cuentos como “Examen de la obra de Herbert Quain” y “Pierre Ménard, autor del Quijote”, no importa cuánto lo negara Nabokov, y no importa cuán obvio te parezca a tí lo contrario.
En cuanto a “Jorge Luis Borges, autor de internet”, sabrás que es otro tópico. Quienes repiten desde hace años esa bobada suelen señalar extasiados la “coincidencia” entre el Aleph, ese punto donde están reunidos todos los puntos de la tierra, y la Red. Pero lo cierto es que esa comparación desvirtúa por completo el sentido y las implicacione filosóficas del Aleph. Lo que vuelve maravillosa a esa invención es justamente que hace lo que la escritura, siempre sucesiva, no puede hacer: mostrar todo al mismo tiempo y sin que se confunda. Internet, en teoría, lo reúne todo al mismo tiempo; pero en la práctica no es más que el acceso posible, desde cierto lugar, a un texto o imagen, y luego a otros; a efectos de la experiencia humana, es tan sucesiva y lineal como los rollos del Mar Muerto.
Chicanas, dirás; detalles que se salen de la discusión principal. Pero sucede que ejemplifican un modo, que encuentro todo a lo largo de tu respuesta, de soltar de modo tajante, sin más argumento que el saber convenido o la autoridad académica, afirmaciones a veces discutibles, a veces bien superficiales e incompletas, aunque eventualmente podrían corresponder a algo interesante.
Me refiero ahora a esos autores de los que te consta, según dices, que han leído a Aira y a Piglia y que “siguen con atención” a Fresán. Muy bien. Quizá haya aquí una ramificación interesante del debate. Pero no se trata de lecturas, sino de lo que esas lecturas provocan. ¿Te importaría, entonces, especificar si ves en unos influencia de los otros, y en ese caso dónde y por qué?
En algo estamos de acuerdo: “La escala de los mapas”, de Gopegui, y “El vano ayer” de Rosa son libros que ponen en cuestión los principios mismos de la narración, y lo que es todavía más interesante (y más cercano a ciertas preocupaciones recurrentes en la literatura argentina), las relaciones entre la construcción del discurso narrativo y la construcción del poder. No dejaría de ser interesante preguntarse qué puede indicar que, al menos en el caso de Gopegui, estas dudas hayan dejado paso progresivamente a las certezas y el conservadurismo narrativo de “La conquista del aire” o “El lado frío de la almohada.”
Pero podemos convenir en que, aunque de modo muy minoritario y varias décadas más tarde, existen acá y allá signos de una, digamos, lectura fecunda de autores argentinos en España. Podría remitirte a mi artículo original, que no hablaba de una supuesta impermeabilidad española sino, más bien, de renuencia o resistencia. Pero me interesa más plantear otra pregunta: ¿hacia dónde van, en España, esas lecturas?
¿Y por qué ahora? ¿Qué factores pueden haber intervenido para que durante décadas el planteo de Cortázar en “Libro de Manuel” (y en cierto modo el de Piglia en “Respiración artificial”) quedara sin eco, pero en 2004, de pronto, tuviera una explícita respuesta española con “El vano ayer”? Tengo mis ideas al respecto, pero me interesaría conocer otras.
Con un poco de suerte, Jorge, podemos abrir este debate hacia cuestiones que van más allá de nosotros dos, de nuestras carreras y recorridos vitales (te dispenso de leer el mío; el tuyo me parece muy admirable, aunque no estoy seguro de que sea muy relevante en la discusión). Espero que tengas el tiempo y las ganas, ahora o más adelante.
Posdata: Queda pendiente la otra mitad de la cuestión, que es la curiosa suerte de los escritores españoles en Argentina. Otro asunto sobre el cual vuelan en todas direcciones las ideas convenidas, y que no estaría mal revisar de nuevo.