3153 KMS (III)

Y el dueño de la lavandería donde hago (hacen) mi primera colada es, obviamente, chino (y no habla castellano). Esas son las traducciones que más me interesan al viajar: las espaciales. Por ejemplo, la lectura en paralelo de Crítica acéfala, de Raúl Antelo, y la de Batman. El caballero de la noche, de Christopher Notan. La primera en un café, esta mañana (la experiencia porteña como red de cafés donde leer). La segunda anoche, en los cines del Alto Palermo. Lo alto y lo bajo, invertidos, pervertidos, transvertidos. Texto y cine. Dice Antelo, evocando a Agamben: “El rostro postula el ser irreparablemente expuesto del hombre y, al mismo tiempo, la duración de su ocultamiento visible en su misma apertura”. Lo más interesante de la última entrega de Batman es el rostro del Joker (aquí llamado el Guasón). Jack Nicholson llevaba la cara absolutamente maquillada de blanco y los labios torturados pintados de rojo. El rostro de Heath Ledger es el de un resto arqueológico: maquillaje indefinido que se descascara, que se cae a pedazos, como la pintura de un muro. No es máscara. Al contrario que Batman, el hombre murciélago y enmascarado y dividido, el nuevo Joker (sin orígenes: su relato fundacional es confuso, contradictorio, inexistente) no se oculta. Es. Es anarquismo terrorista. Es pura tesis (el caos demuestra la maldad intrínseca humana). Es violencia pura. No es casual que la película empiece con una mascarada que termina con la cara del Joker. Ni que continúe con una aparición fugaz del Espantapájaros (sin cara, cubierta por un saco). Ni que termine con Dos Caras, otro villano sin máscara. El mal se desnuda: acontece. El bien se esconde y en su ocultamiento, precisamente, deja de ser bien. Al menos bien inmaculado. Está lloviendo. El cielo es una nube única y tan gris. Dejo el café. Dos Caras lanza su moneda: el símbolo de su maldad caprichosa y vengativa. En esta ciudad el bien más preciado son ahora las monedas. Cristina Fernández de Kirchner y José Luis Rodríguez Zapatero se enfrentan, con máscaras mucho más sutiles que las que evidencia el arte, a sus respectivas crisis. Aquí se regatea o se regala para conseguir monedas de un peso, que escasean. Sin ellas no podré coger (tomar) el autobús (el colectivo). Para ir no sé todavía a donde.

3153 KMS (II)

No es de extrañar que la noche termine con una alusión a Paul Celan. A las raíces judías del tango. Mi editor, Leopoldo Kulesz, hace meses, me hizo ver que, al hablar del lunfardo en mi libro, tenía que añadir la importancia del yídish. Edgardo y yo estamos en Canning. Una milonga. Coreografía fantasmal. Otra botella de Chandon. Edgardo ha publicado un libro sobre este lugar. Ellos (viejos bailarines que, con pasos cortos, danzan con mujeres jovencísimas, bellísimas, cada vez más bellas tras cada trago de champagne; jóvenes bailarines que, con pasos largos, demuestran la existencia de un maestro, de muchas clases, de mucho dinero y esfuerzo dedicado a la exhibición; hombres y mujeres, ojos cerrados, glamour, elegancia, decadencia, lo más primitivo y lo puro futuro, arquelogía y turismo oriental, qué sé yo) son tan fantasmas como él, que los recreó. Mi mirada sigue la suya. Mi forma de entender el espacio se apoya en sus guías, en sus trípodes -como el cartógrafo. Las camareras me explican que la seducción ocupa el lugar del sexo, que el tango sublima, que muy pocas veces hay un telo, un albergue transitorio, después de las horas aquí pasadas. Aquí sudadas. Voy al lavabo. Otro espacio ocupado. Un quiosco instalado junto a los mingitorios. Un personaje (otro fantasma) que vende, que ostenta los recortes de diario en que se dice que es mítico. Mítico lavabo de la Milonga Canning. Chicles, pañuelos, rímel, caramelos, postales, pósters, bombones, alfajores, tabaco, condones. Salgo. Entro. Edgardo conversa con un profesor de tango que ahora recorre el mundo vendiendo sus clases. Mujeres inglesas, francesas, japonesas, españolas. En Almagro, si paseas al anochecer, escuchas el ruido de las clases de flamenco y sevillanas. Esas músicas, teorizadas. En Buenos Aires todo es teoría. Mañana por la noche una votación del senado concluirá a las cuatro y media de la madrugada. El discurso del vicepresidente será pronunciado no sólo pensando en la historia, también pensando en la teoría. Durante días, a esta ciudad de por sí teórica, discursiva, psicoanalítica, se le sumarán estratos de teorización política. Conspiratoria. El Jardín Botánico está clausurado. Han descubierto que era utilizado como cementerio clandestino. Una tumba con vistas a Palermo. A las manos desaparecidas de Perón se le suma ahora la desaparición del expediente de las manos desaparecidas de Perón. El champagne, Edgardo, la milonga, el tango judío, la muerte. La vida, también. Como buen turista, aprovecho que Buenos Aires se ha convertido -también, todo coexiste- en un gran outlet y me compro un par de Levi’s. No me extrañará que, a pocas cuadras de mi apartamento prestado, una pareja de rusos me tomen las medidas para el corte.

3153 KILÓMETROS (I)

Es la séptima vez que aterrizo en Ezeiza. Pero la más extraña. Por muchos motivos, tantos. Tantísimos. Para rematar la extrañeza, he pasado veinticuatro horas en tierra de nadie. En no lugar, no tiempo, solo. Me presenté en El Prat el jueves a las seis, facturé, obtuve mi tarjeta de embarque; pero mi vuelo no existía: era mañana. Es decir ayer. Anoche. Ya me había despedido de todos, de Mataró, de mi piso, de mis libros, de mi portátil, de mi móvil, de mi familia, hasta de mí mismo. De modo que las veinticuatro horas restantes fueron de espera. Espectrales. Vi películas, empecé a leer la novela del avión. No llamé a nadie. Estuve sin estar. Y ahora llego, aterrizo, por vez séptima. Y en vez de en La Boca, me alojo en Almagro. Y para más extrañeza, es verano dentro del invierno, hace un sol espléndido, 25 grados. Y para rematarla, empiezo a pensar Buenos Aires (Argentina) desde Israel. Es decir, no desde Mataró, como siempre. No desde España. Ni siquiera desde la propia Argentina (a los siete aterrizajes hay que sumarle las decenas de veces que regresé al país en barco y en autocar, por no decir en lecturas, lo que me acerca a la posibilidad de pensar el país desde dentro, desde un interior posible y conflictivo). No: desde Israel. El oasis. El exceso de teoría. El fracaso de la práctica. La Boca es barrio de italianos y gallegos. Almagro es barrio de judíos. Cabezas tapadas, barbas, abrigos y pantalones negros. Sinagogas. La Avenida Estado de Israel, cerca de donde me alojo, con sus cuatro carriles hacia la noche (ya son las siete), cortada a penas por la calle Palestina, un carril tan solo. La tensión -aquí- es -ahora- entre el campo y la capital, entre el Interior y el Gobierno. Hay cortes de rutas, manifestaciones. Todo es extraño.Pero empieza. Quiero decir, empezo. De nuevo. Por enésima vez. 3153. Buenos Aires- Lima. No hay prisa.

PROGRAMA DE BUENOS AIRES

El miércoles 16, a las 22.30, Jam de Escritura en vivo en Podesta (Armenia, 1740), con Florencia Abbate (Argentina) y Jordi Carrión (España).

El jueves 17, a las 19, tendrá lugar en la Librería El Astillero (Scalabrini Ortiz 2518, Ciudad de Buenos Aires), la presentación del libro El lugar de Piglia. Crítica sin ficción, con la participación de Ricardo Piglia, Daniel Link, Graciela Speranza y el autor Jorge Carrión.

El jueves 24, a las 19.00, en la Librería Hernández (Corrientes, 1436), presentación de LA PIEL DE LA BOCA (Libros del Zorzal), con Martín Caparrós, Maria Sonia Cristoff y el autor.

NOVEDADES EN RED

- El prólogo de EL LUGAR DE PIGLIA (CANDAYA): http://www.elboomeran.com/obra/50/el-lugar-de-piglia/

- Y reseña en la revista digital Deriva:

http://www.deriva.org/inicio/inicio.php

- El prólogo de LA PIEL DE LA BOCA (LIBROS DEL ZORZAL):

http://www.lacapital.com.ar/contenidos/2008/07/06/noticia_5071.html 

DE ABCD

EL ENSAYISTA ESCINDIDO

 

Joan Ramon Resina

La vocació de modernitat de Barcelona. Auge i declivi d’una imatge urbana

Traducción de Alexandre Gombau

Galaxia Gutenberg

Barcelona, 2008.

29.90 euros.

 

            Hasta la página 174, este ensayo del profesor de la Universidad de Stanford Joan Ramon Resina (Barcelona, 1956) me ha provocado cierto entusiasmo. A alguien interesado en la teoría urbana en general y en el análisis de la literatura sobre ciudades en particular, la aparición de un libro dedicado al examen de la imagen literaria de la Barcelona de los dos últimos siglos le provoca automáticamente una actitud entusiasta. Y receptiva. Sobre todo si ese alguien es catalán y prácticamente barcelonés, como es mi caso.

La receptividad se mantiene en los primeros capítulos. “La ciutat burgesa” trata de cómo Narcís Oller (que “estrenó Barcelona como sujeto literario”) textualizó en sus novelas los flujos económicos de la metrópolis y su transformación; en contrapunto con la mirada foránea de Edmondo de Amicis y con el pensamiento urbanístico de Ildefons Cerdà. Con la instauración del tren, la propia urbe se pone en movimiento y sus planificadores proyectan una “topología de la velocidad”, en el marco de una configuración de la imagen metropolitana como híbrido entre “espectáculo y negocios, estética y pragmática”. El capítulo siguiente, “La ciutat imaginada”, se centra en el noucentisme de Eugeni D’Ors, quien soñó con la ciudad como obra de arte total, pero desertó de la cultura catalana en 1920. Esa década enfoca el tercer capítulo, desde la mirada de Jean Genet y otros escritores extranjeros que trabajaron el orientalismo y la abyección entre los límites del Barrio Chino. Con el siguiente capítulo llegamos a la página 174: se trata de “Una estada amb els morts”, una brillante interpretación de La plaça del diamant, la obra maestra de Mercè Rodoreda, que Resina –siguiendo a Lacan– ve como una obra que renuncia de antemano a la visión totalizadora, profundizando en la intimidad maternal de la microhistoria, para abordar oblicuamente la violencia y la represión franquistas. Cuando la escribió, la autora estaba exiliada en Ginebra, de modo que el catalán deviene en la novela un legado protegido de la destrucción dictatorial: los problemas de expresión de su narradora son los de toda una comunidad lingüística diezmada y amenazada.

En la página 171 Resina deja claro qué entiende él por nación (una especie de evolución del parentesco) y qué por Estado (“que se forma y existe por medio de la violencia”). Es precisamente su subjetividad nacionalista la que se apodera del resto del volumen, donde el rigor deja paso a la opinión. De Juan Marsé –sobre cuya obra habla en el capítulo siguiente– selecciona El amante bilingüe (1990); en el posterior, analizará La ciudad de los prodigios (1986), de Eduardo Mendoza, de modo que rompe el orden cronológico que ha caracterizado la obra. De hecho, lo hace dentro del propio capítulo sobre Marsé, porque –forzadamente– pasa de una novela menor dentro del corpus de ese autor a Arcadi Espada y al Foro Babel, que sienten “aversión” por “la lengua ancestral de su comunidad”. Esas digresiones rebajan la calidad de dos interpretaciones de conjunto que son sin duda interesantes: la obra de Marsé como un puzzle ambiguo y amnésico de fragmentos urbanos que rehuyen el sistema, donde se entrecruzan significados locales sujetos a perpetua reinscripción; la de Mendoza como una construcción irónica firmada por alguien con más vocación de anticuario que de historiador, que ha eludido durante décadas el agujero negro de la guerra civil.

En el capítulo final, el protagonismo recae en Bohigas y Maragall, cuyas ideas son criticadas en un tono similar al del último ensayo de Manuel Delgado (La ciudad mentirosa. Fraude y miseria del modelo Barcelona, Libros de la catarata, 2008). La literatura desaparece. Como si, en verdad, la intención de Resina no fuera hablar de la representación literaria de la ciudad catalana, sino expresar sus opiniones sobre cómo ésta ha errado en su camino hacia la modernidad. Las preguntas se disparan: ¿Política o literatura? ¿Por qué un libro que quiere analizar “la imagen urbana” utiliza textos como material primario en vez de imágenes? ¿Por qué un libro que presumiblemente se va a publicar en España parece estar sólo destinado a un público anglosajón? La respuesta quizá esté en el capítulo sobre Marsé, titulado “La ciudad dividida y el yo dividido”. Como Marés, el protagonista de El amante…, el sujeto de enunciación de La vocació… parece también dividido. Entre dos ciudades, entre dos lenguas: su residencia está en un lugar imposible que produce distorsión.

DE ABCD

MULTIPLICIDAD DEL VIAJE

 

Luis Beltrán e Ignacio Duque (Eds.)

Palabras de viaje. Estética y hermenéutica del viaje

Edicions Vitel.la

Bellcaire d’Empordà, 2007.

188 págs.

19.50 euros.

 

            Se está consolidando el viaje como eje transversal académico. Se multiplican los simposios y las publicaciones. En Francia ya existe el Centre de Recherche sur la Littérature des Voyages (www.crlv.org); en Italia, el Centro Interuniversitario di Ricerche sul Viaggio (ww.cirvi.it). A la tendencia internacional se está añadiendo la universidad española, como evidencia el volumen colectivo Palabras de viaje, editado por Luis Beltrán e Ignacio Duque, investigadores de la Universidad de Zaragoza.

            Sujeto a la lógica de la gestión cultural de nuestro inicio de siglo, todo simposio universitario sobre el viaje debe contar tanto con creadores y profesores como con algún experto. El que dio origen a este libro no fue una excepción: el poeta Dionisio Cañas habla, para empezar, sobre su experiencia migratoria personal. La mayoría de los participantes, por su lado, utiliza el marco temático del encuentro para hablar sobre la presencia o la importancia del desplazamiento en los autores en que se han especializado. Así, tenemos artículos sobre la artista Claude Cahun, el filósofo Hans-Georg Gadamer, el escritor Joseph Conrad o los pensadores Deleuze y Guattari, enhebrados con hilos de la esfera léxica del viaje (la errancia, la frontera, la deriva, el tránsito). También encontramos en Palabras de viaje ensayos de carácter más general, que invocan los clásicos griegos, atraviesan las peregrinaciones medievales, se detienen inexcusablemente en el Quijote y, según el caso, divagan ya en la contemporaneidad sobre novela española o sobre mitos de la narrativa infantil.

            A juzgar por las referencias bibliográficas utilizadas en sus respectivas aportaciones, sólo Beltrán, Duque y la profesora Patricia Almarcegui utilizan para su reflexión la producción teórica internacional que ha permitido que los estudios sobre el viaje sean paradigmáticos de nuestra época. El artículo de esta, “El fin del viaje”, parte de la célebre constatación de Lévi-Strauss para establecer la ficcionalización de la experiencia viajera, que la conduce al concepto de responsabilidad, aplicable a viajeros del cambio de siglo como Ascherson, Thubron, Kaplan o Kapucinsky. Sólo se le puede reprochar que la reflexión se limite a diez páginas. Por fortuna, Almarcegui ha publicado recientemente Alí Bey y los viajeros europeos a Oriente (2007) y editó, con Leonardo Romero Tobar, Los libros de viaje: realidad vivida y género literario (2005). Dos buenas vías para sintonizar con la frecuencia europea de los estudios del viaje.

DE ABCD

LA TEORÍA DIVULGADA

Núria Perpinyà

Las criptas de la crítica. Veinte interpretaciones de la Odisea

Gredos

Madrid, 2007.

255 págs.

La ironía y el desenfado caracterizan el nuevo libro de la novelista y profesora de Teoría de la Literatura Núria Perpinyà. Ese tono es de agradecer, sin duda, si se tiene en cuenta que el objetivo de Las criptas de la crítica. Veinte interpretaciones de la Odisea es repasar modelos de crítica literaria, desde la biográfica hasta la cultural posmoderna, pasando por la psicológica, la marxista, la filológica, la formalista o la feminista, hasta un total de veinte. Cada uno de los capítulos es iluminado a posteriori por un texto supuestamente inspirado en el paradigma de esa escuela o tendencia, que aborda la Odisea. Es decir, el libro es –en rigor– dos libros: uno de divulgación y otro de creación, una introducción a la historia de la crítica literaria y una colección de ejercicios casi oulipescos a partir del clásico homérico. En ese sentido, se inscribe en su personal poética transversal, que ha dado obras de la calidad del ensayo Gabriel Ferrater: recepció i contradicció (1997) o de la excelente novela Una casa per compondre (2001). Como en esta, Perpinyà baraja en su último libro referencias de toda índole, para tejer una red de links entre literatura, arquitectura, música y otras disciplinas y artes. No en vano uno de los mejores capítulos del libro es precisamente el dedicado a la posmodernidad.

Semejante ambición, condensada en poco más de doscientas páginas, lleva a la principal virtud y al máximo defecto de la obra. La primera es su legibilidad. Perpinyà ha escrito una obra que permitirá el acceso a la teoría literaria de cualquier lector sin formación académica específica en filología o literatura comparada. El defecto –si es tal– se desprende precisamente de la virtud. Estriba en el grado de reducción. En el epílogo se dice que “la filosofía de este libro es el perspectivismo”, que supuestamente comenzó “con los griegos cuando cada autor dio su versión de los mitos”, se congeló durante siglos y no reapareció hasta el siglo XX; se obvia, por tanto, el desarrollo de tal corriente filosófica en el último cuarto del siglo XIX y su trabajo por parte de Ortega y Gasset. Cuando Perpinyà esgrima los ejemplos de Durrell y Queneau como escritores perspectivistas entenderemos que se refiere a una suerte de “multiperspectivismo” acuñado por ella. En otras palabras, con tal de comunicar a un lector medio se ha elidido parte del desarrollo conceptual que un término precisaba.

En busca de un lector

El problema de Las criptas de la crítica es el de toda obra de divulgación: ¿A qué lector se dirige? ¿Qué sabe ese lector acerca de teoría literaria y de historia de la literatura? ¿Dónde sitúas, en fin, el listón? Me ha recordado, en parte, a El arte de la ficción, de David Lodge, donde también existe una voluntad de llegar a todos los públicos (potencialmente interesados, en ese caso en la escritura y en la lectura) y donde también se ilustra cada tema con un texto de creación, aunque en ese caso no sea escrito ex profeso, sino que se trate de un pasaje de un clásico. Ambas son obras donde el profesional de la literatura refresca la memoria mientras que el estudiante o el lector  descubre enfoques y anota títulos.

Personalmente, la lectura del último título de Perpinyà me ha conducido al rescate de dos libros de mi biblioteca. Por un lado, la Historia de la crítica literaria (Ariel, 2002), de David Viñas, recorrido sistemático y académico por las corrientes y escuelas de la hermenéutica textual. Por el otro lado, La sombra de Ulises. Imágenes de un mito en la literatura occidental (Península, 2001) de Piero Boitani, que analiza las representaciones de Odiseo, prototipo del viajero y por tanto del ser humano, desde la obra en que nació hasta Primo Levi, Kafka o Eliot; y que se complementa, por cierto, con el reciente Ulises y la Odisea. El pensamiento iridiscente (Galaxia Gutenberg, 2008), de Pietro Citati. Hay que decir que ni Viñas ni Perpinyà tienen en cuenta la filología crítica de Jean Bollack, cuya opera magna, Poesía contra poesía. Paul Celan y la literatura (Trotta, 2005) debe ser leída como una teoría de la lectura y no sólo como un acercamiento a la poesía celaniana. En Las criptas de la crítica tampoco aparecen ni Jameson ni Boitani. Al cabo, cada cual –yo, obviamente, también– tiene su propio itinerario como lector, sus propias preferencias, su propia biblioteca. En esa multiperspectiva radica, en fin, esto que ambiguamente resumimos como literatura.

NOVEDAD EN ARGENTINA

tapacarrion-web.jpgLa Boca se ha convertido en una metáfora universal de las migraciones humanas. El escritor español Jorge Carrión pasó varias temporadas en un conventillo de uno de los barrios más pobres de Buenos Aires. Conoció a fondo tanto su historia como su vida cotidiana, entrevistó a algunos de sus habitantes más emblemáticos, paseó incansablemente por las orillas del Riachuelo, siguió de cerca la producción teatral del Galpón de Catalinas, memorizó esa topografía pintoresca y conflictiva de la ciudad, asistió al ascenso y caída de Bianchi, frecuentó a pintores y a actrices, a líderes vecinales y a dueños de locutorios. Con esas experiencias ha elaborado un retrato sentimental y crítico de La Boca. Una crónica de viajes, fragmentaria y diversa como un conventillo. Una invitación a redescubrir el lugar de la auténtica fundación mítica de Buenos Aires.

www.delzorzal.com.ar

RESEÑA EN BABELIA

Australia, un viaje

Jorge Carrión

Berenice. Córdoba, 2008

273 páginas. 18 euros

Viajes. La crónica de Indias es nuestra primera literatura de viaje. Demostró que el Mundo (que significa “limpio”) es una página en blanco pero que cada testimonio es distinto. En la saga viajera del exilio republicano, la memoria es ya una página sobrescrita, donde cada memorioso busca afincar. Arturo Barea, Corpus Barga, Max Aub demostraron la flexibilidad novelesca, biográfica e irónica del género. Jorge Carrión (Tarragona, 1976) había desplegado en sus crónicas de viaje (La brújula, 2006) la ambición de su proyecto: una poética del viaje como la pregunta por el lugar del otro en el yo. Si el viaje revela que la ficción del otro es la verdad del nos-otros, viajar es rehacer el diálogo (el día del logos). Australia, un viaje es, primero, un testimonio de esclarecimiento. El autor va a Australia en busca de sus parientes, andaluces pobres, que en 1963 emigraron como cortadores de caña; 8.000 españoles lo hicieron dentro de la Operación Canguro, favorecida por Franco y la Iglesia. El diálogo de esos reencuentros reconstruye el linaje familiar, en cuyo mapa migratorio el narrador descubre el suyo propio. Ese trayecto es una novela persuasiva, que nos atrapa con su vivacidad e inmediatez. Australia se convierte en una construcción espectacular, forjada por el drama migratorio y la plaga de turistas. Pero Australia es también un archivo español. Quirós la llamó “Austrialia” (1606), y a mediados del XIX fundaron allí misiones Rosendo Salgado y Benet Serra. Este diálogo con la historia es el otro mapa del libro. Supone la ideología imperial y la cultura dominante. Pero aunque el diálogo es ahora logocéntrico (doctrinario) no es menos fascinante, y revela la tradición ideológica que subyace a la violencia actual contra los inmigrantes. El lector entra de inmediato en el diálogo y no puede sino decidir su propio lugar en el debate.

Julio Ortega