SERGIO CHEJFEC. MIS DOS MUNDOS
EL CAMINO PERSONAL
Sergio Chejfec
Mis dos mundos
Candaya.
Canet de Mar, 2008.
128 págs.
La llegada a las librerías españolas de uno de los narradores más brillantes de nuestra lengua tiene lugar sin reclamos publicitarios paratextuales. Ninguno de los catorce libros que ha publicado Sergio Chejfec (Buenos Aires, 1956) reproduce en sus solapas citas de lo dicho por la crítica argentina acerca de su autor (“Excepcional”, Quintín; “La ficción alcanza la belleza de la inteligencia”, Beatriz Sarlo). Ninguno viene precedido por un epígrafe que oriente su lectura. Y sólo uno, la recopilación de ensayos El punto vacilante (2005), está dedicado a un escritor (no en vano: Juan José Saer, in memoriam). En otras palabras: la literatura de Chejfec busca sus lectores ofreciéndose desnuda. Y en la tensión que esa desnudez establece con un alto grado de artificiosidad radica su poder. Un poder que se materializa de nuevo en Mis dos mundos, una obra admirable e importante.
Entre su primera novela, Lenta biografía (1990) y la penúltima, Baroni: un viaje (2007), existe un paréntesis de siete novelas que, pese a ser fieles a una misma orientación y a un mismo mundo, trabajan a partir de personajes de ficción. En su opera prima, una investigación en las raíces emigradas y judías del propio Chejfec, encontramos en la escritura autobiográfica en primera persona el mismo tono que volvemos a leer en las digresiones de sus dos últimas ficciones. Pero en éstas –donde parece adivinarse una nueva etapa creativa– además hallamos un narrador en perpetuo movimiento, físico y mental. En Baroni se relataban varios desplazamientos por territorio venezolano (donde el escritor vivió durante quince años, antes de trasladarse a Nueva York); en Mis dos mundos el itinerario se concentra: una única excursión, por un parque urbano del sur de Brasil, permite reflexionar sobre el caminar, el pasado, la culpa, la arquitectura o la veneración por la historia que profesan las ciudades europeas. Lo más parecido que conozco a estos dos libros de Chejfec son algunos de Handke y de Sebald. Si en el caso del primero es muy posible que su lectura modelara de algún modo la del argentino, en el caso del segundo no es así, porque su mundo se desarrolla cronológicamente en absoluto paralelo al del germano.
El punto de partida es –como todo en su obra– doble: la cercanía de cumplir cincuenta años y la voluntad de explorar lo que en el plano de la ciudad es la mayor mancha verde. La llegada al parque, que será recorrido sistemáticamente, tiene lugar tras una larga demora digresiva, como si el narrador se resistiera a abordar el principal tema de la obra. Todo el relato es una defensa del caminar como polisemia: patología o maldición, proceso intelectual, impulso para ser otro o para “poner en escena la ilusión de autonomía y sobre todo el mito de la autenticidad”. Porque el simulacro afecta al espacio urbano, que es el ámbito de la caminata. Pero también involucra a uno mismo. Desdoblado, el narrador Chejfec confiesa su pánico escénico respecto al teatro de la escritura, su vergüenza, su culpa. El tema de la impostura es tratada en un tono kafkiano. La interpelación a la ecología del parque –que incluye un divertido e inquietante monólogo ante tortugas y peces– sintoniza con la sensibilidad de Coetzee hacia el mundo animal. Pero nunca la posible filiación es explícita o unívoca. Todo es, al menos, bisémico o contradictorio. O “dicotómico, porque por un lado amo los parques o su variante fúnebre, los cementerios”, pero “por otro lado ni pierdo oportunidad de denostarlos en mi interior”.
Aunque Mis dos mundos haya salido simultáneamente en Argentina por Alfaguara y aquí por Candaya, su autor ha continuado sintonizando con su “lengua privada”, que defiende la fidelidad a las inflexiones argentinas después de casi veinte años de vida en el extranjero. El uso de “acá”, “medio”, “cuadra”, “rubro” o “linyera” apunta en esa dirección. Ciertos comentarios sobre la argentinidad, además, sitúan el texto en la órbita de Saer o de Sebald: la lejanía no hace más que enfatizar la necesidad de pertenencia textual a la patria perdida. Pero al contrario que ellos, Chejfec lleva la reflexión sobre la representación a la esfera del arte contemporáneo, de la televisión, de Internet. Su sistema artístico admite la incorporación de cualquier forma de artificio. La prosa –dura pero hipnótica– asume con naturalidad los estímulos del cómic, de la pantalla y de la red, y prosigue su camino.
[El próximo lunes 17, a las 19.30, en La Central del Raval de Barcelona, Rodrigo Fresán y yo presentamos la novela, en compañía del autor]
2 comentarios so far
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Tu nota Jorge me parecio muy ajustada y precisa.
By Edgardo H. Berg on 11.18.08 22:10
Magnífico.
By Estelle Talavera on 12.16.08 12:32
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