LECTURAS DE VERANO (V)
PROBLEMAS DEL YO Y DE LOS OTROS
Gabriela Massuh
La intemperie
Interzona
Buenos Aires, 2008.
241 págs.
Las tendencias de la narrativa actual [aviso a tradicionalistas: sí, hay cientos de precedentes] complica la posición del lector de este inicio de siglo. Al menos tres tendencias constituyen otras tantas complicaciones: la asunción personal de una tradición universal, que imposibilita las lecturas sostenidas exclusivamente en la tradición nacional; el giro autobiográfico, que hace más compleja la noción de lo ficcional; y la superación del género, que deja en manos del lector la decisión de qué era al cabo lo que ha leído (la editorial, por si acaso, va a publicar el libro como novela).
Las tres condiciones de producción se encuentran en La intemperie, de la escritora argentina Gabriela Massuh, que se anuncia como su primera novela. Políglota, la narradora cita y comenta por igual textos literarios alemanes o argentinos y viaja constantemente a Europa. En primera persona, nos narra su cotidianeidad después de una separación sentimental traumática: su pareja, Diana, la ha abandonado, y ella trata de sobreponerse mediante un precario equilibrio entre su actividad cultural y profesional y la búsqueda de citas a través de Internet. Lo que leemos es un diario en clave, es decir, un libro de no-ficción donde lo único ficcionalizado son los nombres de los personajes y algunos aspectos de su vida. Obviamente, eso yo no podría saberlo si no hubiera leído la obra en Buenos Aires y no hubiera observado –en caliente– su primer contexto de recepción. Massuh es la directora del Goethe Institut y una conocida activista cultural, de modo que el relato de su vida laboral, apenas camuflada en la obra –donde trabaja en una editorial–, y el de su vida personal, objeto de rumor entre sus amigos y conocidos, han sido tema de los cenáculos y las conversaciones de café en los últimos meses.
Obviamente, esa lectura constituye tan sólo un primer círculo; en el segundo, concéntrico, estarían los lectores argentinos que no pueden acceder a esa información; en el tercero, el resto. En los tres niveles, La intemperie me parece un libro que destaca por su riesgo. Comete dos excesos: el de la sentimentalidad que se convierte por momentos en pornografía y el de la acumulación de ensayo político demasiado ligado a un marco histórico (la crisis de los primeros cinco años de nuestro siglo). Pero sólo mediante la desmesura de las intenciones se puede construir un artefacto interesante; y este lo es. En primer lugar por el tema: la ruptura y el duelo emocional como paralelismo de la quiebra de un país, de la pérdida de cierta esperanza sobre su futuro. En segundo lugar por la forma: el diario íntimo que se enmaraña con el ensayo político y cultural, con conciencia de espíritu de vanguardia (“en los años 20 estaba sobreentendido que la experimentación con la forma era moral”). Por último, por su intención de exorcismo frustrado. Mediante la invocación de autores como Paul Celan o Alan Pauls, Massuh trata de acercarse a lo real, tanto en la sociedad como en su propia persona; pero la literatura construye su propia realidad, paralela, superpuesta a las otras. De modo que, como se confiesa en el último párrafo de la novela, el escritor debe resignarse al fingimiento. Eso se sabía de antemano, pero el proceso de escritura, a ojos de Massuh, es necesario.
La publicación de La intemperie coincide, en el catálogo de Interzona, con la de Mi nombre es Rufus, de Juan Terranova (Buenos Aires, 1975), una novelita de tema rockero. Esa generación está representada en el diario de Massuh mediante contactos imposibles a través del chat: “Le pregunté cuál era el origen de su manera de escribir que substituía las q por k, que mezclaba el inglés mal escrito con un castellano apocopado”, dice sobre una de sus jóvenes interlocutoras. Y sobre otra: “vos hablás esperanto y yo quechua”. La imposibilidad del diálogo intergeneracional actúa en ambos libros como formas divergentes de autismo. Una cuarta tendencia posible de la narrativa actual sería precisamente la bifurcación según la forma de entender el trabajo con la lengua, el “estilo”. Pero ese es otro tema.
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