EL FULGURANTE DEBUT DE JUAN TREJO

PRESENTACIÓN DE EL FIN DE LA GUERRA FRÍA (La Otra Orilla), DE JUAN TREJO
1. LA REVISTA PORNOGRÁFICA. Como mito de origen, una revista porno puede parecer un mito un poco extraño. Sin embargo, si se tiene en cuenta que el primer cuento que publicó Juan Trejo en formato libro se titulaba “Ayer estuve aquí” (Amor global)  y tenía como leit motiv principal una vieja revista erótica olvidada encima de un armario, se entenderá que, al menos, una revista porno es su mito de origen editorial. En ese cuento leíamos: “[el protagonista] cree apreciar en las fotografías de esos cuerpos un extraño candor, una suerte de brillo genuino, esencial y palpable. En ellas no sólo el tiempo ha quedado atrapado, sino también una sentencia remota que, llegada desde un lugar ajeno y distante, parece incumbirle solamente a él“. En él se pueden ver los rasgos del mundo literario de Juan Trejo: la fe en algo intangible, cierta nostalgia, la convicción de la literatura como instrumento de conocimiento, un (pos)realismo que sustenta su sobresentido en el correlato objetual, arquitectónico, espacial (en este caso, una vieja revista olvidada, en otros de El fin de la Guerra Fría un edificio en obras, un reloj heredado, un restaurante de última generación y un largo etcétera que teje una maraña de referencias simbólicas). En su primera novela vuelve a aparecer una revista porno. El marido de Zheng (la protagonista china de la novela; hay otra norteamericana y otro catalán, en una ambiciosa voluntad de situar Barcelona y la propia novela en el eje de rotación del mundo, con Estados Unidos y China como masas continentales de la balanza del presente) ojea una revista en un hotel de Hong Kong; mientras se esté duchando, su esposa la mirará: “Era una revista de mujeres rubias, llamativas, chabacanas e impúdicas; realmente parecidas a las azafatas que vieron entrar en el comedor. Al reparar en ello, Zheng entendió que parte del malestar que estaba presidiendo el viaje por Europa partía de ese momento. No habría sabido decir por qué, pero ver las imágenes de aquella revista pornográfica despertó en ella una insostenible oleada de desprecio”. En esa mirada oriental proyectada sobre nuestra mayor industria y orgullo (el cuerpo desnudo) se cifra un conflicto, sí; pero sobre todo una pregunta: el personaje no sabe el porqué de su sentimiento. El protagonista de “Ayer estuve aquí” tampoco sabía qué responder a la pregunta que las fotos porno le planteaban. La novela de Juan Trejo formula preguntas y deja que el lector las responda. Como la pornografía, te obliga a situarte, a pensar, a sentir, a excitarte, a desahogarte y a preguntarte. Como se pregunta Tomás, el protagonista español de la novela: “¿Pero por qué precisamente ahora se sentía Tomás expulsado? ¿Cuándo había comenzado ese proceso? ¿Y a qué se debía?”.
2. EL AVIÓN. La obra de Juan Trejo, hasta ahora, había consistido en algunos cuentos dispersos y en una buena cantidad de artículos, sobre todo acerca de literatura norteamericana. Su último artículo largo lo publicó el mes pasado en Quimera y era un análisis de la teleserie Lost, uno de los pocos productos culturales importantes de nuestra época cuya ambientación no es urbana. En ese artículo leemos: “en Occidente un avión no es sólo una máquina, es la representación máxima de nuestros logros civilizadores: el triunfo definitivo sobre los condicionantes naturales. Así pues, si un avión es el símbolo supremo del triunfo de la civilización occidental (símbolo también de lo etéreo y de lo volátil de nuestro sistema), un avión estrellado es la plasmación de la fragilidad de dicho triunfo […] el aviso (o la amenaza) del posible colapso de nuestra civilización al completo“. Al leer eso me pregunté cuándo el avión había sido símbolo del triunfo del progreso y me acordé de Vuelo nocturno de Saint Exúpery, una auténtica lección narrativa sobre la responsabilidad y sobre la civilización. Esa imagen del avión, lamentablemente, ha caducado. Sabemos que El fin de la Guerra Fría parte de la imagen de un avión aterrizando en Barcelona; sabemos que el autor censuró esa misma imagen cuando dos aviones derribaron las Torres Gemelas de Nueva York. Ahora que la novela ha sido publicada, me parece que la conjunción de un avión y de Barcelona constituye la gran apuesta y el gran logro de la novela de Trejo. El avión es un símbolo universal, pero que quedó fijado en el inconsciente colectivo con Nueva York y, por tanto, con los Estados Unidos. Como si la potencia cultural del Planeta Tierra se hubiera apropiado de nuevo del símbolo de la destrucción, después de cincuenta años de vigencia del hongo nuclear. Aunque Hiroshima y Nagasaki estén en Japón, los Estados Unidos tiene el copyright de la potencia iconográfica de la Bomba Atómica: no porque ellos la crearan, sino porque su maquinaria imaginativa se apropió de la imagen, proyectada en el desierto (sin muerte) y no en las ciudades que destruyó (saturadas de muerte). Con las Torres Gemelas ha sucedido lo mismo: en vez de remitir a los países islámicos, remite a los Estados Unidos. La Bomba Atómica se desnudó de culpa; las Torres desplomadas se preñaron de duelo. Al llevar a un avión a Barcelona, Trejo incorpora a nuestra ciudad la amenaza masiva, la catástrofe, el Apocalipsis: fenómenos que, incluso después del 11M, no están vinculados al imaginario visual o literario español. De ese modo, la tradición narrativa norteamericana también aterriza en Barcelona. Porque la ciudad es narrada como si fuera Los Ángeles o Washington. Y la realidad donde se inscribe como si fuera David Foster Wallace o Richard Ford. Trejo escribe sin ingenuidad con un ojo puesto aquí y el otro allí. Leemos: “El paralelismo con Nueva York, de momento, quedó descartado”. De momento: en la novela late la deuda contraída con la literatura estadounidense contemporánea, pero esa deuda nunca lastra, porque la herencia (otro concepto clave en Trejo) ha sido asumida, interiorizada.
3. BARCELONA. En una entrevista reciente a Richard Ford le preguntaban acerca de McCain y respondía: “Me da más que miedo. Sería un desastre. No sólo para América. Sería un desastre para América en relación con el resto del mundo, ésa es la parte que me aterra más. Nuestra relación con aquellos países con los que tenemos todos los motivos para llevarnos bien. Y nuestra relación con el mundo musulmán. Hemos quemado nuestros puentes allí, y eso me aterra. No personalmente, no temo por mi vida. Me aterra de un modo espiritual. Las cosas que creo que mi país representa o debería representar en el espíritu humano, las está abandonando”. Ese concepto de “lo espiritual” es muy importante para entender la propuesta de Trejo. Él crea un clima moral. El restaurante fashion o el turismo diseñan una ciudad que, pese al detallismo descriptivo, me parece menos una metrópolis concreta que una idea platónica, un aire, un espíritu. Está claro que la Barcelona de El fin de la Guerra Fría no viene de Marsé y Mendoza; está claro que no tiene nada que ver con la de La sombra del viento. Es una novela urbana que recuerda al Nueva York de El Palacio de la Luna de Paul Auster. Trejo ha llegado al centro de Barcelona, al centro espiritual, al corazón de la ciudad posterior al Fòrum 2004 mediante varias estrategias: los recorridos de los personajes (a pie, en bus, en moto, en taxi), la vertebración de espacios simbólicos (el Hotel Juan Carlos I, el centro Ramón Llull, el restaurante Kimiya), la unión de la tierra con el cielo (el aeropuerto) y una especie de sitio, de acecho circular del centro geográfico de la Ciudad Condal mediante itinerarios por la periferia. No es casual que la novela termine en Diagonal Mar. Ni que el Hotel Juan Carlos I –y más allá el aeropuerto– estén justo en el otro extremo de la ciudad: la Diagonal une el Cielo con el Mar, y justo en medio está una Barcelona sentimental pero apocalíptica, conocida pero extraña, autóctona pero en diálogo con todas las razas y con todas las lenguas. Una ciudad, sobre todo, que se diferencia de la de Marsé, Mendoza o Zafón en que está inscrita en el mundo global. Sólo uno de los tres protagonistas de la novela posee una memoria de Barcelona; para Dona y para Zheng la ciudad es intercambiable por cualquier otra de Europa o de Estados Unidos. Las multinacionales que en ella operan, con cierta relevancia en el relato, ven nuestra ciudad como una pieza más en el mapa global. Es la primera novela que leo sobre Barcelona que plantee ese enfoque.
4. QUE LA FUERZA TE ACOMPAÑE. Un enfoque que tiene que ver con el concepto de ruina. La ciudad occidental está en ruinas y Barcelona es su epítome: “las ruinas no indican el final de un proceso sino el inicio de algo diferente e incomprensible que todavía no estamos en disposición de captar”. Al Qaeda ha reeditado la guerra fría y por tanto la amenaza de la ruina. Como saben aquellos que lo conocen, cada dos por tres a Juan se le escapa alguna alusión a La guerra de las galaxias, una saga que se puede entender como la clave de esta novela y del mundo trejiano. En un artículo que publicó hace años en Lateral hablaba de la grandeza trágica de Darth Vader; otro lo tituló “Saul Bellow, el último caballero jedi”. El código de honor, el bien y el mal, la luz y la oscuridad, la historia popular con trasfondo filosófico, la relación padre e hijo: son elementos propios al mundo de Juan Trejo. Por eso no nos extraña leer al principio de la novela lo siguiente: “Sentía latir en ellos algo que Dona imaginaba similar a la ‘fuerza’ de la que hablaban los ‘jedis’ de La guerra de las galaxias, un poder que (…) dominaba la galaxia, estaba en todas partes y se había condensado, de manera aleatoria, en sus pechos”. En los pechos anida, ni más ni menos, que la Fuerza. Obviamente, al principio de la novela, no entiende por qué ni para qué. Esa sería una diferencia importante entre los relatos de Trejo y su novela: en esta las preguntas de los personajes sobre su lugar en el mundo (el cosmos) se van respondiendo, aunque con respuestas que sólo pueden convencerles a ellos. En cambio, como he dicho, en sus relatos el enigma permanece sin resolver, ni siquiera de forma personal. Consciente o inconscientemente, no obstante, tienen fe en esa posibilidad de respuesta. Y ahora que escribo “fe” me doy cuenta de algo. Me doy cuenta de que durante los dos años que pasé viajando, los e-mails de Juan fueron parte del collage de fuerzas que me impulsaban a viajar, primero, y a regresar después, para cumplir con mi “tarea” (otra palabra trejiana), sea esta cual fuere. Lo cierto es que Juan me ha tenido siempre fe, por eso estoy hoy aquí, fe como lector, fe en mi forma de leer. Espero que esa fe se haya visto mínimamente recompensada hoy, cuando he tratado de rastrear algunas de las fuerzas que convergen en esta primera y sólida novela titulada El fin de la Guerra Fría. Una primera novela cuya primera piedra fue un cuento sobre una revista porno, donde leíamos: “[el protagonista] cree apreciar en las fotografías de esos cuerpos un extraño candor, una suerte de brillo genuino, esencial y palpable. En ellas no sólo el tiempo ha quedado atrapado, sino también una sentencia remota que, llegada desde un lugar ajeno y distante, parece incumbirle solamente a él“. No me digáis que ese “brillo genuino, esencial y palpable” no es como el de un sable de luz. No me digáis que no es una descripción de la Fuerza que convierte al ser común, en su fuero interno, en un auténtico y personal jedi. Querido Juan: que la fuerza te acompañe.

 

 

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Jedi

Luminaria Unduli.

El cristal es el corazón de la espada

El jedi es el cristal de la fuerza
La fuerza es la espada del corazón.
Todo está conectado.. el cristal, la espada, el Jedi… Todos son uno.
Hola Jorge:

Ahora entiendo porqué escribiste eso de “siempre acabas saliendo con Star Wars!”, o algo parecido.

http://es.wikipedia.org/wiki/G%C3%B6del,_Escher,_Bach:_un_Eterno_y_Gr%C3%A1cil_Bucle

http://es.wikipedia.org/wiki/Caballero_Jedi#Filosof.C3.ADa_Jedi

http://es.wikipedia.org/wiki/Fuerza_%28Star_Wars%29



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