DE ABCD
EL CENTRO DE LA CIUDAD DE ROTH
Sobre “Viaje a Rusia” (Minúscula)
«Me encanta encontrar los núcleos amplios de las ciudades, esas plazas que irradian callejas en diversas direcciones y que no sólo son centros, sino también comienzos», escribió Joseph Roth en Las ciudades blancas (Minúscula, 2000); y prosigue: «A partir de esos comienzos se reconoce tanto el carácter como el trazado de la ciudad». El centro como comienzo. Si textualizáramos a Roth, ¿cuál sería la entrada de la ciudad o del laberinto resultante? Yo creo que sus crónicas. Porque la topografía de su mundo novelesco -un imperio en ruinas- quedó sintetizada en sus escritos periodísticos, donde confluyen la semblanza perfecta, el dato pertinente y epifánico, la sintaxis siempre adecuada al objetivo comunicativo, la investigación estadística, histórica o de campo, la mirada aguda del reportero estrella y un trasfondo inmutable. Porque, aunque esté hablando sobre Francia, sobre Alemania o sobre Rusia, Joseph Roth siempre habla del Este (la emigración de los judíos, la -todavía lenta- extinción de su mundo) y de sí mismo (su movimiento, su huida).
En Viaje a Rusia encontramos de nuevo el estilo Roth; pero quizá sea su libro de crónicas más alucinante. Durante doscientas páginas, el lector admira la prosa, su mirada tan bien dirigida, su mente tan bien ordenada, tan capaz de destilar en la sintaxis -el pensamiento- metáforas precisas u observaciones brillantes o desconcertantes. Sus crónicas rusas responden a una arquitectura y a una música tan embriagadoras como sus exquisitas Crónicas berlinesas.
Cumbre del alma. Aunque está claro que conoce Berlín como la palma de su mano, y en cambio en Rusia no es más que un viajero que está de paso, uno tiene la sensación de que ha penetrado en «la verdad» del país y que por eso sus artículos retransmiten una «verdad» posible. El análisis sobre la pervivencia de la burguesía tras la revolución; la defensa del amor como expresión cumbre del alma, en contra de la sexualidad mecanizada y libre que se ha impuesto en la Unión Soviética; las descripciones de Odesa, de los pueblos, de los paisajes; la constatación de que en Europa se está consumiendo una literatura y un cine (El acorazado Potemkin) que ya han quedado desfasados en Rusia, mucho más atenta a los grandes éxitos europeos que a los clásicos recientes de su cinematografía; la observación de la vestimenta, de las costumbres, de los defectos y las constantes de los judíos en el único país de Europa que no es antisemita.
Una luz inesperada. Todo suena armónico en los oídos del lector. Quizá falta algo de la pasión que mueve los itinerarios urbanos berlineses; pero nada más. Uno piensa en Josep Pla: la precisión del lenguaje, la cultura general, la ironía, la medida exacta de los tempos de la crónica, un porcentaje constante de conservadurismo. Entonces se acaba el libro. Se acaban las crónicas publicadas en 1926 en el Frankfurter Zeitung. Y la edición reproduce el diario ruso de Roth. Y entonces cambia radicalmente la perspectiva. Roth harto de Rusia. Roth enamoradísimo, desesperado porque no tiene noticias de su amada (Friedl: el recuerdo de ella explica su rechazo del erotismo sin amor). Y Roth, sobre todo, despreciando las crónicas perfectas que acabamos de leer: le asquean, porque las escribe por obligación -por dinero-, y le quitan tiempo para el cultivo de la novela. Es decir, el diario ruso y personal de Roth -que recuerda a Benjamin, vaso comunicante- arroja una luz inesperada, agrieta la coraza de su profesionalidad. Humaniza al escritor.
«El viaje a Rusia» es casi un subgénero de la literatura de viajes del siglo XX. En 1928 recorrió el país John Dos Passos, quien para referirse a los corresponsales norteamericanos que, desalentados porque la propaganda eliminaba la posibilidad de conocer realmente lo que estaba sucediendo, se quedaban en sus hoteles, utilizaba estas palabras: «Aquí la vida de los corresponsales extranjeros se desarrolla como la vida en una ciudad sitiada». Tengo la sensación de que Roth siempre vivió en las ciudades como si estuvieran sitiadas; pero, al contrario que sus colegas estadounidenses, las recorrió incansable, enfermizamente, para registrar su realidad antes de la destrucción inminente. Así me lo imagino en Viena, Berlín, Moscú o París: cartógrafo profesional y sentimental, animal urbano, superviviente del imperio danubiano y testigo del colapso del Viejo Continente, escritor y paseante y bebedor compulsivo, desnudo de cualquier refugio posible.
«No me extraña que estas ciudades sólo sean hermosas cuando se ven desde arriba y a distancia», dice en alusión a las ciudades rusas. Ahora disponemos de la obra de Roth actualizada. Sólo nos queda leerla y observarla en su conjunto. En su belleza distante y móvil.
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