Si alguien ve La Gaceta de los Negocios de hoy, que mire la contraportada (jueves). Y este domingo me entrevistan en Geografies, de COM Radio (estará en la web). Pero sobre todo me hace ilusión este texto que Pablo Muñoz leyó el otro día en Robafaves:
Trilogías
Decía Hegel que la Historia es lo que hace el hombre con la muerte. A lo largo de la obra de Jordi Carrión podemos observar una posición admirable de su autor respecto a la Historia, no digamos ya en su contacto con la muerte: una de las mejores escenas de Australia tiene que ver con ambas cosas, si entendemos Historia como esos sucesos extraordinarios que ocurren en medio de pequeños y hasta anónimos apocalipsis íntimos. Eso lo hacen todos los escritores a los que en general admiro, llámese DeLillo, llámese Cervantes, llámese Bolaño.
Hay una escena maravillosa de Annie Hall que para mí resume la lectura de Australia y que viene a ser lo contrario a la ya rancia figura del zoom acercándose al rostro como falso e hipócrita flashback. El protagonista Alvy Singer está recordando como era Brooklyn en su infancia en un reencuentro. Hay una escena parecida al inicio de Australia en la que Carrión pasea en Mataró e igual que sucede en Annie Hall de golpe y porrazo, Singer y Carrión no pueden evitar ver el recuerdo mientras pasean por el presente. De hecho, muchas veces protagonizan el recuerdo con cierta ironía y se pierden en su propio presente. La construcción de esta imagen no sólo es poética sino que es la esencia misma de la identidad: una serie de estados, líquidos si citamos a Baumant. Hay otras imágenes que se pueden asociar en esa radicalidad: está la directamente importada de la Jetee, el final de los Doce Monos en los que su protagonista recuerda su futuro, por contradictorio que parezca, pura imaginación razonada. En esa poética empieza Australia.
La obra de Jordi Carrión empieza con Ene, que es una novela que por impetuosa no hac presagiar el resto de la trayectoria de Carrión. A Ene no le falta la adolescencia, al contrario, es una historia ya primeriza sobre la memoria, pero de un breve encuentro. Tiene la habilidad de ser tan breve como los retazos que quedan en su protaognista. En la Brújula encontramos los excesos de Ene pero combinados, con un discurso que empieza a salir a flote.
Cuando Gus Van Sant invoca (que no evoca) al cineasta Béla Tarr en su maravillosa Gerry, no lo hace tanto para ser Tarr (es imposible) sino para situarse, al menos, en una mirada concreta. ¿Qué mirada? La de sus espectadores y sus lectores. Jorge Carrión invocaba con la misma fuerza a WG Sebald en la inclasificable GR-83, inmediatamente La Brújula, extrañísima colección de artificios verdaderos llenos de literatura.
Australia tiene menos de cierre de una trilogía que de consagración estilística: después de sorprendernos (y sorprenderse), y de invocar al maestro de Los Emigrados, Carrión no puede ya de dejar de ser sólo él. Porque Australia solo tiene su origen en La Brújula y el lector, terriblemente especulador, sabe que ese Jorge estuvo o estará en Buenos Aires.
Tuve que leerla dos veces: la primera con la calma de un escritorio, la segunda con el movimiento de las estaciones, autobuses y demás que dan al libro una sensación distinta. No me parece nada casual el hecho de que el origen de toda road movie esté en el western. Carrión citó una escena de París Texas como una de sus favoritas. París Texas está escrita por Sam Shepard, un transeúnte de los moteles. Pienso en ese cuento de Shepard en el que un padre comenta a un hijo que las bombas viven en una perpetua tierra de nadie. Y Nocilla Dream, cada día se me antoja una novela bisagra: en ella están en ese gusto por el vacío del que Carrión es un cronista exacto y exhausto, y también ese gusto por entender la realidad tan presente también en Circular de Vicente Luis Mora.
recisamente los renovadores del western vienen de Australia: Andrew Dominik con El asesinato de Jesse James y Nick Cave con The Proposition. Ambas con música de Cave, que es perfecta para leer a Carrión: Ene podría ser Darker With The Day y Australia toda la bso que compuso para Jesse James, en concreto Song For Bob. Y he hablado del western porque para mí, esencialmente, Australia es un western en el que Carrión lleva su discurso a un nivel interesantísimo: no sólo sustituye el erotismo poético por momentos que parecen sacados de Raices Profundas, como cuando Carrión regresa a casa, en la que escribe, eque bien sientan los abrazos, como el cowboy tras la travesía. O ese momento increíble por significativo en el que Carrión habla con un borracho en el tren, dónde más que un diálogo parece un blues.
Y pienso en lo que decía Baumant Al pasar de un episodio a otro sin rumbo, viviendo a través de los sucesos consecutivos de un destino desconocido, guiado por el afán de borrar el pasado antes que por el deseo de delinear el futuro, la identidad del actor queda atrapada en su presente; es decir, se niegan las bases de su propio futuro.
También pienso en Umbral cuando leo Australia. Umbral decía que hoy en día se redactan muchas novelas, supongo que criticando el hecho de que no hubiera ninguna novela abiertamen te confesional, que se esquivaran como un temor. Pues con Carrión no podíamos tener más suerte: en Australia ha demostrado que, tras todo este tiempo, ya sólo sabe hablar en clave confesional y además interactiva.
Porque hablemos de un escritor. ¿Qué es, al fin y al cabo el oficio de escribir? Sus lectores. Y Carrión siempre se preocupa por ellos, los hace partícipes de la experiencia. Para mi su otra cima es ese cuento que publicó en la antología Mutantes en el que a través de búsquedas de google se trazaba un perfecto mapa sobre esa baumantiana contradicción: la de ser un individuo, sabemos que es imposible, y la de ser una pertenencia, que asegura Baumant que es un agujero negro. La interactividad está muy presente en Australia: esa segunda persona cuenta activamente con nosotros, nos presupone atentos y dispuestos a embarcarnos en un viaje.
Aunque me parezca muy necesario hablar de América de Baudrillard, una gran influencia en Carrión, en el sentido en el que el protagonista no se promete fiel y observador reproductor de lo que existe, sino de lo que vive, de la atmósfera, del clima, de detalles insignificantes que valen por una imagen.
Decía Perez de Andújar que hay novelistas de mar y novelistas de río. Los de mar tendrían en su representante a la Moby Dick de Herman Melville. Los del río, en Mark Twain y sus Aventuras de Tom Sawyer. Bolaño decía que los primeros eran del mal, porque enfrentaban al hombre a solas con lo desconocido y los segundos la llave de la aventura, de la felicidad (bueno, ya ven que nuestro invitado es un tipo paciente, feliz) siempre imprevisible . Carrión es un escritor de río, pero tal vez al terminar sus libros nos desemboque en otro lugar, que tiene mucho de incómodo, de marítimo al fin y al cabo.
Pero al pensar en Australia, pienso con total honestidad en esos versos inmortales y repetidos por todos de Rimbaud: “La verdadera vida está ausente / No pertenecemos al mundo / Yo voy a donde él va”
Borges decía que el arte es la inminencia de una revelación que nunca llega. Y pienso en Barton Fink cuya escena final es fascinante, en la que igual que cualquier río, su protagonista llega al mar con una caja. Una caja que nunca abrirá, que nunca podrá realmente saber que hay dentro. No sé si algún dia este escritor nos ofrecerá una revelación, pero lo que les puedo decir es que Carrión ha hecho un viaje que es una estupenda colección de inminencias, para todos. Como Fink terminé mirando al mar, sin otra espera que la de esperar por dónde navega la nueva obra de su autor. Pero sé que en cualquier momento puedo girar la vista atrás y observar ese río, siempre sorprendente pese a la relectura, que es Australia. Y ahí, es dónde sólo puedo dejarle a usted lector.