PANORAMA A VISTA DE PÁJARO
(DE LA ACTUAL LITERATURA DE VIAJES ESPAÑOLA)
Jorge Carrión

Un canon por construir
            Son conocidas las tres perspectivas que no inventó Valle-Inclán. El autor puede mirar a sus personajes de rodillas (en contrapicado); cara a cara (planos de conjunto, americanos, primeros planos); o a vista de pájaro (en picado). Los paréntesis cinematográficos –que no enunció el autor de Luces de bohemia– son imprescindibles en nuestro siglo XXI; especialmente si hablamos de literatura de viajes, porque hace ya décadas que son los documentales y los programas televisivos de turismo los que nos enseñan a mirar las realidades ajenas.  
Iberia. La puerta iluminada (Debate, 2003), la primera parte del libro de Manuel de Lope –que se vería concluido por Iberia. La imagen múltiple (Debate, 2005)– venía precedido por una “Nota del editor” en que Constantino Bértolo parecía querer rubricar como apuesta personal la edición de un proyecto de topografía literaria de más de mil páginas. Para ello, destacaba el “atrevimiento que es en sí todo un rasgo de estilo” y una “sintaxis en que la complejidad y la claridad se revelan como inseparables”.  Espigaba, además, una suerte de canon de literaturas de viajes: Homero, Díaz del Castillo, Madame de Stäel, Borrow, Stendhal, Noel. Y dividía el cultivo contemporáneo del género en España en dos supuestos grandes momentos: “La búsqueda de ‘la esencia’ impregna (y mancha) las aportaciones al género de la generación del 98, así como la búsqueda de la ‘injustifica social’ orienta (y desvía) la mirada de los autores del realismo –Juan Goytisolo, Antonio Ferres, Armando López Salinas– de los años cincuenta y sesenta”. De Lope, en cambio, no busca; precisamente por eso, según Bértolo, encuentra.
            Por su naturaleza abarcadora (las diecisiete comunidades autónomas peninsulares), el proyecto, no obstante, debe ponerse en relación no sólo con Eugenio Noel, sino también con otros nombres ajenos al 98 y al realismo social, que no son citados por el editor, y que también viajaron por el territorio español para escribirlo. Una ausencia, por otro lado, que ilustra una falta de conciencia: casi nadie ha entendido que en la literatura española hay una sostenida tradición de literatura de viajes. Que la mayoría de sus autores mayores la cultivaron.  Que si Gutiérrez Solana, probablemente el escritor español de viajes por España más importante de la primera mitad del siglo pasado, hubiera tenido una recepción normalizada, su nombre sería inevitable en cualquier enumeración canónica. Pero sobre todo hay que vincular la empresa de De Lope con la de Cela, que no en vano publicó un puñado de libros españoles: “Del sur al norte, desde las marismas del Guadalquivir y sus toros hasta las breñas pirenaicas y sus rebecos, la voluntad del escritor” –escribió en el prólogo al volumen sexto de sus Obras Completas– “vuelve a patearse España”.

La sombra de Cela
            Las ficciones viajeras del premio nobel son narradas en primera persona por alguien que nos hace creer que enfoca la realidad cara a cara, pero que en verdad se arrodilla ante ella. No hay más que analizar la representación de los curas y de los guardias civiles en las páginas de Cela. Se negó a repetir el éxito de La familia de Pascual Duarte (1942) con la receta del tremendismo, pero no se resistió a repetir la fórmula de Viaje a la Alcarria (1948) en libros como Del Miño al Bidasoa (1952)o Nuevo viaje a la Alcarria (1986), de modo que no sólo se arrodilló ante los imperativos del franquismo, sino que también lo hizo ante los de la industria. La perspectiva generacional del 98 también adoptó ese contrapicado de veneración, pero no ante las personas que encarnaban el poder, sino ante un paisaje que, con la rodilla hincada en el polvo, fue magnificado y espiritualizado.
            Hay una extraña constante en las literaturas de viajes españolas: el sueño. Son muchas las descripciones del Estrecho de Gibraltar, por ejemplo, en que la costa africana se ve difuminada por un clima onírico o pesadillesco. El inicio de Viaje a la Alcarria es también onírico; la primera oración de Iberia. La puerta iluminada dice: “Durante mucho tiempo he estado durmiendo con la ventana abierta”. El autor no viaja por la Alcarria, la comarca literariamente más connotada del país. Cela no es mencionado ni una sola vez por De Lope. Tampoco Azorín ni Ortega ni Noel. Sólo una vez se cita a Baroja, cuya ausencia práctica se adivina programática, porque de él se afirma que “Vera de Bidasoa, para los lectores de mi generación es el espacio habitado por la memoria de Pío Baroja”; pero esa memoria es ocultada, porque no interesa al proyecto de Iberia. Sí se habla de Unamuno, curiosamente, que es reivindicado como el “genio tutelar” de Bilbao, “como esos espíritus inquietos a los que el sentimiento trágico de la vida anima a pasearse con mal tiempo”.        Es fácil rastrear en la producción de los noventayochistas y de Ortega las panorámicas desde lo alto de un páramo o desde una cumbre.
Es sintomático que las portadas de los dos volúmenes reproduzcan paisajes. En la del primero hay una estructura corroída por el óxido; en la del segundo, un puerto de montaña visto desde las alturas. En Mallorca, por ejemplo, el viajero se fija en el santuario de Nuestra Señora de Cura, “que se eleva en el aire por encima del vuelo de los pájaros”. Todos y cada uno de los capítulos de los dos volúmenes comienzan con una visión aérea de la comunidad autónoma de turno, en que se entrelazan la geografía y la historia. El recurso es planiano. Si se compara, por ejemplo, el inicio de Reflexions sobre l’Empordà de Josep Pla con el del capítulo “Cataluña” de De Lope, se observa que el mismo interés por establecer los límites geográficos prologa la incursión en el terreno. De Lope: “la propia excrescencia del Delta, que sobre los planos presenta un aspecto tuberoso”; Pla: “Vista sobre un mapa, té [l’Empordà] una forma acusadament triangular”. El autor de El cuaderno gris es la referencia explícita más importante de Iberia. De hecho, le rinde tributo cuando recorre los paisajes de la Costa Brava y su pueblo natal. Por tanto, De Lope borra a los españoles y reivindica al catalán, al periférico.

El laberinto posmoderno
Como anuncia Bértolo en su nota, la ambición de De Lope es superar los dos momentos clave de la narrativa de viaje española contemporánea: para ello se recurre tanto a la forja de un estilo propio (una personal sintaxis de la mirada) como a la ocultación de los referentes contra los cuales se escribe. Siguiendo la parcial división en etapas del editor, los libros de Manuel de Lope superarían las dos perspectivas que han regido el género durante el siglo XX (las rodillas del 98, el cara a cara del realismo social), para abogar por una óptica aérea aprendida de Pla, quien la versiona de tantos autores de viajes de la modernidad.
Sin embargo, no puedo menos que evidenciar que estamos aquí simplificando un panorama mucho más complejo: saturado de nombres que obviamos en nuestro intento crítico de reducir lo irreducible, de mapear filiaciones que no son nunca unívocas ni unidireccionales. Por eso me parece interesante situar la obra de Manuel de Lope en el contexto posmoderno de recepción en que se inscribe. Porque jibarizar la literatura de viajes española al 98 y al 50 supone violentarla. Entre los autores fundamentales para entender lo que ocurrió después de los libros andaluces de Juan Goytisolo (quien a partir de entonces amplió como ningún otro autor contemporáneo la noción de Sur y de nomadismo literario), en lo que al viaje por el territorio propio respecta, están Avelino Hernández, Julio Llamazares y José María Ridao. Sin –al menos– esos tres eslabones, se hace difícil dimensionar la dilogía de De Lope, en el contexto del laberinto posmoderno.
Hernández y Llamazares centraron su obra de viajes en Castilla y en la franja central de la Península Ibérica. El primero se distanció del discurso noventayochista en su reivindicación de una Castilla dionisíaca, en la que se impongan “empuje, fuerza, vida, pan, sol, vino, sexo, progreso, creación, fiesta, libertad...” (Donde la vieja Castilla se acaba, 1982). Tras el deseo había una reformulación de la vieja idea de revolución: la democracia precisaba de nuevos parámetros de pensamiento en lo que a tópicos territoriales se refiere. Prácticamente contemporáneo a ese libro es El río del olvido (1984) de Llamazares, donde no se advierte esa motivación política o está mucho más tamizada. Hernández escribe en segunda persona, buscando la complicidad del lector. Llamazares escribe en tercera, siguiendo la estela de Cela, y se llama a sí mismo “el viajero”. La deuda con la poética de éste es demasiado evidente. Sin embargo, cierta exploración de las posibilidades eróticas del relato de viaje supone la incorporación de unas tensiones inauditas en nuestra tradición. Además, a diferencia de Cela, que viajaba (como Pla o como Espinàs) sin vínculos personales con el territorio visitado, los viajes de Llamazares, como los de Hernández, son viajes a los paisajes de la infancia, a los topónimos desdibujados por el paso del tiempo, fragmentos –por tanto– del mismo mundo literario personal que se puede rastrear en sus ficciones y poemas.
De 2003 es el tercer título que me parece importante para trazar un panorama mínimo del libro de viajes por España de la posmodernidad. Se trata de El pasajero de Montauban, de José María Ridao. Diez ensayos en viaje que recorren otros tantos parajes literaturizados por autores como Machado, Sender, Cela, Juan Goytisolo o Azaña –el pasajero del título. El objetivo de Ridao es crítico: el homenaje sólo será rendido a quien lo merezca. La metaliteratura, por tanto, no es lúdica. Desde el prólogo, “Las razones del viajero”, el autor se emparenta con la tradición ilustrada y con la republicana. Su proyecto es intelectual: “Entre las tareas de revisión que tiene pendientes la historia literaria española, y quizá hasta la simple historia, tal vez se encuentre la de identificar la tajante divisoria entre la realidad de los paisajes y la literatura que podría estar dictando la manera en la que deben ser contemplados”.

Una estética de la ocultación
En la dilogía de De Lope, la óptica aérea, obviamente, es no obstante sólo inicial: después el viaje en coche o a pie no puede evitar la imposición de un punto de vista a metro y pico del suelo. Esa mirada cara a cara parece radicarse en el planteamiento general de un escritor que hace que a menudo su narrador desaparezca, para opinar puntualmente o para recuperar muy de vez en cuando un recuerdo personal. El yo parece estar ausente: es más una atmósfera que una voz narrativa. No sale a buscar, De Lope, pero tal vez encuentre, en el espejo de su mirada; el problema es que sin búsqueda, sin conflicto, la literatura se vuelve descripción.                               
Al contrario que en Hernández, Ridao o incluso Llamazares, tampoco hay un programa intelectual claro tras los pasos del escritor, aunque se adivine que en la práctica de la ocultación hay una voluntad de rubricar una alternativa a los autores y tendencias mencionados. Es difícil aparcarse de esa vía, no obstante: en la cuarta página de Iberia ya se habla de la carabela Pinta y se recuerda que Bayona fue el primer lugar de Europa en saber de la existencia del Nuevo Mundo. Es decir, desde el principio se habla del nacimiento del relato de viaje español en sintonía con el Imperio. Eso sí, la información se enuncia mediante fórmulas impersonales, con una clara voluntad de aparcar la subjetividad.
Pese a las menciones frecuentes a “clubes de alterne”, a museos modernos, a clubes de fútbol o a la inmigración (retratada superficialmente, por ejemplo en el caso de Lavapiés), lo que predomina en estos dos libros son las catedrales, los castillos, los monasterios y las montañas. El patrimonio. Pese a que haya bellas e interesantes reflexiones sobre las lenguas peninsulares o las costumbres o el urbanismo, predomina la historia, las largas digresiones que okupan los libros de viajes tradicionales. A este respecto, la afirmación, a propósito del Camino de Santiago, de que “nunca la Península estuvo tan vinculada a Europa como en aquellos tiempos” evidencia que el autor no está pensando desde el XXI. Cuando hable de Covadonga, el lugar donde “se inicia la Reconquista de España”, De Lope tratará de desmitificar la llamada Cruz de la Victoria, presuntamente transportada por don Pelayo en la célebre batalla; pero la manera en que la reduce a una simple mole de oro no deja de ser ambigua; a renglón seguido, será una estatua del Salvador el “el verdadero tesoro de la catedral de Oviedo”, situado en la penumbra, “un requisito indispensable de la divinidad”. La actitud religiosa, de hecho, nunca se define: en Madrid sigue una misa hasta el momento de la comunión, después abandona el templo.

“Hay una estética que consiste en ocultar el esfuerzo y otra estética que presume de hacerlo evidente”, dice el narrador en una de sus pocas alusiones a la poética propia. La apuesta de Lope por la ocultación es sumamente interesante. Su falta de definición es muy habitual en la literatura de nuestros días. No son sólo opciones estéticas. Al final del capítulo sobre Cataluña, en un movimiento habitual en los dos volúmenes, el narrador afirmará que la literatura catalana no produjo una épica en torno a sus héroes nacionales, “salvo la épica postiza de la Renaixença, tal vez porque la lengua no estaba lo suficientemente formada, quizá por otras razones”. Ese tal vez es sintomático: la duda, la tibieza, la falta de implicación. Indica un ritmo. Una actitud. Y un problema.

 

 
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