PRÓLOGO
“El que traslada ha de ser fiel y cabal y si fuere possible contar las palabras para no dar ni más ni menos de la mesma calidad y condiçión y variedad de significaçiones que los originales tienen”, dice Fray Luis de León en su prólogo a El Cantar de los Cantares de Salomón, “sin limitallas a su proprio sentido y pareçer, para los que leyeren la traductión puedan entender toda la variedad de sentidos a que daa occasión el original si se leyese y queden libres para escoger lo que mejor dellos les pareçiere”.
Sabía de lo que hablaba: sufrió en carne propia la vindicación de la polisemia. Una polisemia que ha de ser fruto de la lectura atenta, de la constatación de la ambigüedad –intrínseca al lenguaje–, y no de una renuncia previa a hallar el sentido. Ha de defenderse la opción más acorde con el sentido original, al tiempo que las palabras son traducidas a otra era. Con la conciencia de un límite, el que le comunica Orfeo a Bernat Metge en este libro: “Ponles tú el nombre que desees, porque sabes que, a causa de la diversidad de lenguas, cada cosa es nombrada de maneras diversas y según el gusto y voluntad de quien nombre les impone. Pero algo te certifico: por mucho que aguces tu ingenio, no los denominarás, dada su propiedad y manera, con la misma propiedad con que lo hicieron los dichos filósofos y poetas.”.
La traducción (de un clásico) es un pacto: entre dos épocas.
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La primera edición de Lo somni (“El sueño”), a cargo de Josep Miquel Guàrdia, fue publicada en París el año siguiente a la Exposición Universal de Barcelona: en 1889. La época es de configuración política, por eso durante toda la primera mitad del siglo XX Bernat Metge fue considerado por la academia catalana como uno de los grandes humanistas europeos. A partir de la edición crítica de sus obras completas por parte de Martí de Riquer, en 1959, esa concepción comenzó a ser puesta en entredicho.
Recientemente, Lola Badia y Stefano M. Cingolani son los estudiosos que más visiblemente han situado a Metge y su opera magna en el lugar que le corresponde. En Europa, sí, pero como un intelectual laico medieval, no como un humanista del prerrenacimiento; pese a que su obra esté nutrida por la de Petrarca, Boccaccio, Macrobio, Cicerón, Dante, Ovidio, Virgilio, Casiodoro, Gregorio Magno, Tomás de Aquino y Séneca, entre otros. En ése, su justo contexto, Metge es un gran autor peninsular y europeo.
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Entre las tradiciones literarias que confluyen en Lo somni se encuentra la del más allá.
Es sabido que H. de Saltrey, con su Tractatus de Purgatorio Sancti Patricii (1189), inició la fiebre por conocer el llamado Purgatorio de San Patricio, geográficamente ubicado en una cueva de una isla lacustre irlandesa. María de Francia tradujo enseguida la fiebre al francés (Espurgatoire Saint Patriz, de 1190); en el siglo siguiente ya hay un testimonio de versión leonesa y de 1320 data, según sabemos, la traducción catalana de Ramon Ros. La tradición árabe o la minuciosa y magistral descripción de Dante también fueron afluyentes de esa abundante producción que quiso dar cuenta por escrito del ultra-mundo.
A finales del siglo XIV, Ramon de Perellós escribió su propio Viatge al Purgatori. Éste, a principios de mayo de 1396, había recibido el encargo de hablar con el papa Benedicto XIII, en su corte papal de Aviñón, acerca de la sospecha de que en el sur de Francia acampaban tropas complotadas con Isabel de Mallorca, hermana del difunto rey en el exilio Jaime IV de Mallorca, dispuestas a restaurar la monarquía mallorquina. Según algunas voces, existía un plan secreto, que involucraba a personas cercanas al rey catalán. A finales de mayo, Juan I moría inesperadamente, al caerse de su caballo en el transcurso de una cacería. Muerte repentina, probablemente sin confesión. Comienza entonces una caza de brujas: entre los encausados estarán dos escritores: Ramon de Perellós y Bernat Metge. Tanto el uno como el otro trató el tema en sendas obras literarias: Viatge al purgatori y Lo somni. Pero a diferencia de Perellós, a quien enseguida encontramos en misiones diplomáticas, bajo la protección de María de Luna –la nueva reina–, Metge podría haber ido a prisión.
Riquer y Cingolani discrepan. Los datos del segundo son convincentes: las fechas de la causa jurídica y las de la redacción del libro descartan la posibilidad de la celda. Sin embargo, el personaje Bernat sí estuvo en prisión, como veremos.
Tras la muerte del rey, el principado de Cataluña comenzó a ser efectivamente invadido por las tropas de Mateo de Castellbò, conde de Foix y esposo de la infanta Juana, hija del primer matrimonio de Juan I de Aragón con Marta de Armañac. Pero Foix nunca vio cumplidas sus pretensiones a la corona y el sucesor del rey Juan fue su hermano Martín I, más tarde conocido como el Humano.
Los retratos de Juan I que se conservan en la Biblioteca de Cataluña y en el monasterio de Poblet lo muestran sin ímpetu, la mirada inclinada, los párpados presidiendo el rostro. Su muerte sacudió, al parecer, la conciencia de todos los que creían que sus frecuentes salidas a cazar, en contra del sentido común –pues su salud era según parece endeble–, eran estimuladas por sus propios consejeros, que pretendían tenerlo alejado de los asuntos de gobierno para poder así disponer a su antojo. Juan I, por ejemplo, no tuvo ceremonia de coronación, porque sus consejeros habían desviado los fondos destinados para ella. Por su culpa (colectiva) el alma real estaría en el infierno. Por eso Perellós decide ir al mismísimo Purgatorio. El relato de viaje es impresionante: es recibido por personajes principales de su época, atraviesa la topografía británica, relata las costumbres de los irlandeses, narra en catalán su experiencia europea. Una vez entra en el Purgatorio, no obstante, la traducción del relato de Saltrey invade el texto, seguramente porque las emanaciones de la famosa cueva de San Patricio lo durmieron, como hacían con todos los peregrinos. Por eso, el testimonio ajeno substituye al propio. A excepción de un breve pasaje en que Perellós le pregunta al rey Juan I sobre su estado y éste le responde que se limita a aguardar, en vías de salvación. Ese pasaje es la razón de todo el libro.
El Viatge al Purgatori es de 1398, o un poco posterior; Lo somni fue redactado entre el 19 de mayo de 1396, fecha de la muerte de Juan I, y el 28 de abril de 1399, cuando Martín el Humano le pidió a su autor un ejemplar. Riquer está convencido de la finalidad exculpatoria del texto y por eso especula sobre la posibilidad real de una estancia en prisión; Cingolani dice que es poco probable, pues Metge finge su prisión pocos días después de la muerte del rey, antes del traslado de su cadáver a Barcelona (28 de mayo), mientras que en realidad no hubo detenciones hasta primeros de junio, y Metge no sólo no figura en las listas de presos, sino que consta que estuvo siempre en libertad. De lo que no hay duda es de que el personaje/narrador Bernat estuvo en la cárcel: sus muros son las páginas de Lo somni.
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En nuestra época de la marca Barcelona, Metge podría ser reivindicado sobre todo como un letraherido barcelonés. La Ciudad Condal, sus calles, su economía, su política, sus entresijos aparecen en toda la obra del autor de Lo somni. Nació poco antes de 1346, en el carrer dels Especiers (hoy de la Llibreteria), es decir, en una ciudad de gremios repartidos por calles. De su padre especiero heredó cierta formación científica; de su padrastro funcionario, la vocación cancilleresca.
Fue funcionario real y, por lo tanto, escritor a sueldo. Entre su producción destaca la obra en verso de carácter moral Llibre de Fortuna e Prudència (1381), donde Metge, auto-ficcionalmente, realiza un viaje que le permite intervenir en una discusión entre Fortuna y Prudencia. A causa de una suerte de crisis nerviosa, decide salir a pasear, al alba, junto al mar; acaba en una barca y llega a un islote; allí tiene lugar la disputa. Mágicamente, la barca regresa después y lo deja en la playa: el tiempo no ha pasado, el amanecer se está todavía produciendo. El debate sobre la providencia divina se produce en términos medievales. También la forma versificada remite a un tiempo que está caducando.
La figura del funcionario se confunde con la del escritor de literatura y con la del traductor. Metge se reivindica como autor y como traductor. En Lo somni recordará, no sin un acceso de vanidad, que él tradujo “del latín a nuestra lengua vulgar” la historia de Griselda y que ya es un relato notorio. Cuando Juan I inicia su reinado (enero de 1387), Metge ya es un escribiente con una trayectoria considerable. No obstante, hay cierta atmósfera hostil a su carrera. El tema de la persecución aparece en obras suyas como el Sermó, la Medecina, la Apologia y el Valter y Griselda, probablemente de 1388. En ese año hubo un proceso en su contra, para el que atesoró la protección de los reyes. También pidió el favor de Isabel de Guimerà, enviándole una copia del mencionado texto sobre Griselda, traducción en prosa de una epístola de Petrarca que es a su vez una versión de Boccaccio. Del italiano al latín; de éste, al catalán, adaptándola para que le ayude en el favor que está pidiendo La traducción como sinónimo de traslación: de la religión a la laicidad.
En 1390 asciende a secretario real; como tal, es responsable de la correspondencia secreta oficial. Su biografía se puede reseguir en las firmas que sellan el pie de cada carta de la reina Violante. Zaragoza, Rosellón, Ampurdán, San Cugat, Valencia, Aviñón, Mallorca: Barcelona siempre en el puerto de esas expediciones diplomáticas. El viaje, obviamente, propicia encuentros literarios. En Aviñón, adonde fue por embajada real, quizá pudo leer el Secretum, el sueño de Petrarca en que Laura aún vivía. Devendría el modelo de una obra de Metge, l’Apologia, cuyo comienzo es lo único que conocemos: prepara la redacción de su opera magna.
Se conserva el sello que Bernat Metge utilizaba en la firma de documentos de esa época, por lo menos en los años 1395 y 1396. Llegamos a esta fecha, cuando explota, en la muerte inesperada de Juan I, sin hijos varones, un largo conflicto entre el consejo real (del cual Metge formaba parte) y los consejos de las ciudades (con Barcelona a la cabeza). La corrupción del primero fue tenazmente denunciada por los segundos. Así como los excesos sexuales de sus miembros. Por eso el juicio no se hace esperar. Los consejeros expusieron al monarca, a sabiendas de su debilidad física, a esfuerzos perjudiciales para su salud. Dilapidaron su patrimonio. Abusaron de su confianza. Entre los cargos contra Metge se especifican “mals contractes”. La trama recuerda a las de nuestra democracia.
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Una vez se descartó la prisión de Metge, los expertos vieron que la lectura de El sueño como exculpación o mea culpa no era la más acertada. El escritor se reivindica como un gran artista, despliega sus conocimientos filosóficos y literarios, su dominio de la retórica y su capacidad de inventio. Construye así una obra maestra. Que discute el escepticismo y nuestra libertad de juicio: nuestro modo de pensar y de vivir la felicidad. Como epicúreo, para Metge el saber sólo tiene interés en función de la felicidad que proporciona; el saber por el saber, la mera contemplación, no tiene sentido. Su búsqueda de la felicidad, por tanto, se centra en los bienes exteriores (el poder y el amor), y desprecia la posibilidad de un más allá. Eso se enfrenta a una visión tradicional, en la que la felicidad pasa por el cultivo de la vida interior (la virtud), para alcanzar la inmortalidad del alma después de la muerte del cuerpo. Para hablar literariamente de ese debate, Metge escogió la forma del sueño.
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El libro comienza con un Bernat Metge inquieto. Como Dante, Ramón de Perellós o Anselm Turmeda en su texto autobiográfico, narra en primera persona; pero al contrario de ellos, en vez de viajar, sueña. Como ha escrito Cingolani: “La causa de su turbación, psicológica y espiritual, es doble: por un lado, depende de contingencias políticas; por el otro, como sabremos más adelante, es un hereje”. Como Boecio: precisa de consolación por esta doble causa de su infelicidad. Entonces, cae dormido.
Según Macrobio, su caso sería de insomnium, porque está causado por la turbación física o de fortuna; vendrá seguido inmediatamente de una visión. Se le aparecerá el rey Juan I, acompañado de Tiresias y de Orfeo. En el primer y en el segundo libro de El sueño, el rey y su antiguo servidor departirán largamente sobre diversos temas: la inmortalidad del alma, las causas de la muerte del monarca, su estancia en el purgatorio por su participación en el cisma de la Iglesia Católica. Sobre el primer tema, Metge dejará clara su posición epicúrea y herética: no cree en la inmortalidad del alma. Ese posicionamiento previo permitirá una evolución del personaje, que será convencido por la autoridad y la buena retórica del rey difunto, que encarna el pensamiento cristiano, contra el pensamiento clásico de Metge. En palabras de Lola Badia: “se retracta largamente de dos posiciones heréticas que había mantenido, y, como Turmeda, quiere compensar la heterodoxia con el prestigio intelectual”.
En el Libro III es Orfeo quien toma la palabra, para relatar no sólo su propia historia (Eurídice), sino también una descripción del inframundo que saciará la curiosidad de Metge. Su ejemplo es paradigmático del dilema moral: optas por la trascendencia, miras hacia arriba y rescatas a tu amada, o te decantas por lo mundano, te giras, la pierdes.
Tiresias los interrumpirá. En teoría, Bernat ya sabe que Dios es el bien supremo, pero todavía cree en los bienes mundanos; la intención del adivino griego es convencerle de que las mujeres también son un engaño. Antes le habla de su propia vida, y como en el caso de Orfeo, Ovidio es la fuente de sus palabras. Enseguida comienza su ataque contra las mujeres: animales defectuosos, seres obsesionados con su imagen, egoístas, falsas. La mujer amada por Metge, concluye Tiresias, no es una excepción.
Todo el Libro IV es la respuesta sistemática del protagonista a los argumentos y los insultos del adivino. Enumera decenas de ejemplos históricos y literarios que desmienten las acusaciones. Elogia a las reinas catalanas, muertas y vivas (lectoras). Y construye una invectiva contra los hombres que contesta simétricamente los ataques de Tiresias contra las mujeres y que es absolutamente original. No hay fuentes tras sus palabras. Es creación literaria en estado puro.
Al final, Tiresias admite que se ha divertido con las muestras de ingenio del escritor; pero le recuerda que la retórica no cambia la realidad y le recomienda que se olvide de las mujeres y se dedique a Dios y al auto-conocimiento. El lector recorre un camino parecido: se divierte –todavía en nuestro siglo XXI– con el sarcasmo y las anécdotas y las sutilezas de uno y el otro. Y aprende sobre cuestiones universales, tan vigentes entonces como ahora.
Acaba el sueño: Bernat se despierta.
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La existencia de la Cancillería Real en que trabajó Metge se inscribe en una tendencia europea de los siglos XIII y XIV, que preparó el prehumanismo italiano. El mismo Petrarca provenía de los estudios jurídicos. Estas instituciones fueron las responsables de la creación progresiva de una cultura laica.
Las fuentes fluyen bajo el texto de Metge. El Sueño de Escipión y los comentarios de Macrobio brindan elementos estructurales y un determinado marco conceptual de lo onírico. El Corbaccio de Boccaccio, el Secretum de Petrarca y La consolación de la Filosofía de Boecio redundan en un esquema argumental y ético: la aparición de un difunto conllevará una lección al vivo.
Hay centenares de alusiones. Un ejemplo entre tantos: el elogio de las mujeres del Libro IV, por ejemplo, tiene como pilares la epístola en latín de Petrarca a Ana, esposa del emperador Carlos IV. Las citas bíblicas evidencian un conocimiento profundo de los textos sagrados. Las palabras calcadas de san Gregorio, Ramon Llull o santo Tomás de Aquino demuestran que fue un gran lector de la tradición religiosa. Entre los clásicos latinos destacan Cicerón, Séneca y Virgilio. Pero también estaba al corriente de los grandes autores más o menos modernos, como Dante.
Todas esas lecturas hacen pensar en un acopio de información y de ideas, en una lenta preparación para un gran texto que en 1395 –cuando en el libro Juan I le recuerda a Metge que le prestó el texto de Macrobio en Mallorca– aún no tenía un marco histórico favorable y que, en cambio, al año siguiente, con la muerte del rey, encontraría en aquellos sucesos un excelente caldo de cultivo real para desarrollarse.
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Cuando Tiresias habla de la tiranía de la moda, menciona entre otras prendas femeninas la “aljuba”, una vestidura morisca que era usada también por los cristianos (ceñida en la cintura, abotonada, con mangas y faldas que solían llegar hasta las rodillas) y la “alfarda”, voz que designa tanto un impuesto que pagaban moros y judíos como una especie de toca o manto. El trasfondo histórico peninsular se deja ver en la lengua. Estamos en la época de Don Juan Manuel, el Canciller Ayala, Sem Tob de Carrión y el Arcipreste de Hita.
En la crítica demoledora de las costumbres de su tiempo que Metge pone en boca del personaje Bernat, hay pasajes excepcionales sobre la superficialidad de la moda y sobre el culto al cuerpo. Una crítica que no se observa desde las coordenadas cristianas del elogio al alma en detrimento del cuerpo, sino que argumenta desde la medicina, desde la teoría de los humores, desde la estética y el buen gusto. Uno de los múltiples aspectos que conecta la obra con nuestro inicio de milenio.
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Es sabido que los castigos dantescos son el reflejo –a veces especular, otras, figurado– del pecado cometido en vida. Del mismo modo, el rey sufre en su purgatorio la persecución de halcones y perros, para recordarle sus excesos en los deleites mundanos de la caza; es acompañado por Orfeo, de cuya lira brotan exabruptos musicales, porque en vida se hizo rodear de demasiados artistas en demasiadas fiestas; ha de escuchar los reproches de Tiresias, porque cuando vivía recurrió demasiado a menudo a adivinos y agoreros, malos y falsos consejeros desde el punto de vista del dogma cristiano. Como demuestra Calderón de la Barca en La vida es sueño, el gobernante que se deja guiar por el futuro dicho por entrañas o por vuelos erráticos no es digno del crédito de su pueblo.
En su Cuento de Navidad, Dickens insiste en que el amigo de Auggie está tan muerto como un clavo de ataúd. Hay que creérselo, prosigue, como hay que creer que el padre de Hamlet ha muerto antes de que se inicie la acción de la tragedia. Lo mismo ocurre con Juan I. Hay que tenerlo ahí, en la recámara de la memoria, bien muerto, cerrados sus párpados de plomo, como lo tenían los lectores de la época, para entender todo lo que ocurre en El sueño. El espíritu del padre muerto le dice a Hamlet que nada puede explicarle de cómo es el más allá, que el mero relato le haría saltar los ojos de las órbitas; Metge, en cambio, como Dante, cree en la muerte como una experiencia narrable. Al final del tercer canto del Infierno, Dante cae en su sueño “como un hombre muerto”; Metge, “como un enfermo o un hambriento”, pero en ambos ese estado peculiar del cuerpo y de la mente va a permitir entender lo que ocurre en el país de quien nadie regresa.
En su turno de respuesta ante Tiresias, Bernat Metge, el personaje dormido en el margen del más allá, enumera algunas memorables historias de amor de la Antigüedad. Habría que inventar un círculo de la Comedia para estas parejas de amor conyugal y feliz, aunque de trágico destino. Entre ellas, abrazados para siempre, destacarían Artemisa y Mausolo. Según refiere el escritor, “ella, tras la muerte y las exequias de él, lo redujo a cenizas para beberlas: quería ser su único sepulcro.”.
He aquí una metáfora posible de la lectura, lector.
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La precisión es una de las características de la prosa de Metge. Pero, en el otro extremo, es también un artesano de la hipotaxis, cuando la intención la reclama. Sujeto y predicado se alejan, como lo hacen también verbos de comunicación y verbos principales, separados por incisos y subordinadas. No en vano, en Lo somni hay muchos rastros de fórmulas notariales y cancillerescas. Aunque el hipérbaton sea una figura retórica fundamental para entender la mentalidad cortesana, con sus rodeos y prerrogativas, he optado por reconstruir, cuando era conveniente, el orden natural de la oración, para acercar el texto a la mentalidad del siglo XXI, de menor capacidad memorística y mayor necesidad de inmediatez.
La cercanía del latín provoca la abundancia de ablativos absolutos, participios substantivados, ausencia de artículos, verbos situados al final de la oración, etc., que yo he respetado en algunos casos y versionado, en fórmulas españolas alternativas, en muchos otros.
Como ocurre en todas las lenguas romances, la prosa catalana se construye en una tensión manifiesta con las estructuras y los modelos latinos. Menudean en Lo somni los latinismos léxicos. Aunque no sea un ejemplo científico, porque no sabemos la pronunciación en la época, un ejemplo plástico es el nombre que utiliza Metge para nombrar la Ciudad Condal: “Barchinona”. Entre “Barcino”, el nombre romano, y nuestra “Barcelona”.
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El sello de Bernat Metge muestra un pelícano, ave migratoria.
Una traducción es una migración: de lengua, de época. La que hizo Martín de Riquer de Lo somni fue publicada en 1959, en pleno franquismo. Esta se sitúa en la post-transición. Cada época cuenta con sus propias traducciones, porque reclama también sus propios pactos.
Jorge Carrión
Mataró, julio de 2006
BIBLIOGRAFÍA UTILIZADA
Cingolani, Stefano M., El somni d’una cultura. “Lo somni” de Bernat Metge, Barcelona, Quaderns Crema, 2002.
Metge, Bernat, Obras de Bernat Metge. Edición de Martín de Riquer. Barcelona, Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Barcelona, 1959.
Metge, Bernat, Obra completa de Bernat Metge. Edición de Lola Badia y Xavier Lamuela. Selecta, Barcelona, 1983.
Metge, Bernat, Lo somni. Edición de Lola Badia. Barcelona, Quaderns Crema, 2003.
Metge, Bernat, Il Sogno. Trad. de Giorgio Faggin. Edición de Lola Badia. Alessandria, Edizioni dell’Orso, 2004.
Metge, Bernat, Lo somni. Edición crítica de Stefano M. Cingolani. Barcelona, Barcino, 2006.
Rico, Francisco, “Petrarca y el ‘humanismo catalán’”, Estudios de literatura y otras cosas. Barcelona, Destino, 2002, págs. 147-178.
Riquer, Martí de, “Bernat Metge”, Història de la literatura catalana, vol. II, Barcelona, Ariel, 3ª ed., 1983, págs. 357-432.
AGRADECIMIENTOS
A Sergio Gaspar, por la confianza. A José María Micó, por los préstamos de libros, por la revisión del texto, por la amistad. A Joan Santanach, por las orientaciones bibliográficas. A Francesc Gómez, por el examen crítico y por el rigor filológico.