Viajes de final de curso

 

“No matter what else Cervantes’ novels deal with, they recont journeys of one sort of another, and without journeys non of them would hold together as such” (Steven Hutchinson, Cervantine journeys)

“Non por mucho andar / Alcançan lo pasado, / Nin se pierde  por quedar / lo que non es llegado.” (Sem Tob ben Yitzhak Ardutiel, Proverbios morales)

“-Bien sabes, ¡oh Sancho Panza, vecino y amigo mío!, cómo el pregón y bando que Su Majestad mandó publicar contra los de mi nación puso terror y espanto en todos nosotros; a lo menos, a mí le puso de suerte, que me parece que antes del tiempo que se nos concedía para que hiciésemos ausencia de España, ya tenía el rigor de la pena en mi persona y en la de mis hijos” (Q, II)

 

            De los perros aprendimos el vómito, dice Don Quijote.
            De los perros: bestias de naturaleza errante.
            Vomitar: vomitarnos: en una dinámica de lengua retráctil, que sale y que entra, paso atrás: paso adelante: sólo así, en una proporción en que prevalezca el avance pero que contemple también el retroceso, nuevo impulso, autocrítica, vómito y limpieza imprescindible; sólo así se hace camino.
            Se viaja así, solamente.
            Todos los viajes son de final de curso. Son el examen último de un lento aprendizaje: el que te ha llevado desde los primeros pasos inconscientes hasta ese lugar que te pone a prueba.
            Todos los lugares lo hacen. La prueba, el requisito.
            Yo, como tantos otros en Madrastra, participé en tres viajes de final de curso, cada cual más lejos –pero no más hondo: Mallorca, Ámsterdam, Túnez.
            Inmediatamente después, comencé a viajar en serio; por eso subestimé aquellas experiencias previas, sin concederles ni siquiera el rango de entrenamiento que sin duda ostentaron. Entrenamiento por etapas. Etapas de vida y de lectura que rescato ahora, quijotesco.
            Quizá porque la infancia es un combate desigual, mi educación primera (general, básica) tuvo lugar en una plaza de toros. Obviamente sólo me percaté de ello muchos años más tarde, cuando el topónimo Plaça dels Bous (plaza de bueyes o de toros) dejó de ser cotidiano y cuando las palabras que lo componen, a mis ojos, significaron.
            Los topónimos, esas palabras que usamos con mayor inconsciencia aun que las demás.
(Mi madre todavía habla de la calle Álvarez Builla, más de dos décadas después de ser bautizada como calle Pablo Picasso: ¿cuánto tiempo tarda en desaparecer una dictadura?)
            Quizá por el hecho de que los Jordis y los Antonios abundaban en nuestro curso de aquel colegio de la Plaça dels Bous, nos acostumbramos a llamarnos por el apellido. O tal vez la razón se escondiera tras la mala costumbre de pasar lista, cada día, como en un cuartel, tu identidad sin nombre de pila, prescindible.
            Jugábamos a recitar la lista de memoria: aún hoy podríamos hacerlo.
            Cada día caminábamos hasta el centro posible que constituía nuestro colegio privado, desde el barrio de inmigrantes en que vivíamos, Rocafonda. Todos éramos hijos de andaluces: el Medina, el Cabrera, el Costa, el Silva, el Sevilla, el Roldán y yo, el Carrión.
            Uno de los momentos estelares de mi escolaridad lo protagonizamos nuestro maestro de quinto grado (que era también nuestro tutor), el Sevilla y yo. Cuando desde la tribuna de su bigote observó que Jordi Carrión, alumno brillante y aplicado, frecuentaba la compañía de José Antonio Sevilla, alumno travieso y desaplicado, mi tutor me dijo a la salida de clase, muy bajito, casi al oído: “Dime con quien vas y te diré quién eres”. Sé quien soy, debería haberle respondido o haberle rectificado citando a Sancho: “Dime con quién andas, decirte he quién eres”, pero aún no había leído el Quijote ni tenía idea de quién era. Pero sí que me di perfecta cuenta entonces del significado de aquel refrán, y no sólo eso, intuí también que las charlas sobre novelas de detectives y los enigmas conque elSevilla y yo nos retábamos de camino al colegio desde nuestro barrio periférico eran para mí un mayor desafío intelectual que las largas listas de reglas ortográficas que nuestro tutor y maestro de quinto grado nos recitaba desganado, sin pasión, como un rezo.
            Sabía con quien iba y sospechaba quién era, pero sin del todo saberlo y apenas sospechándolo; tan lentamente.
            A aquellos años pertenece mi primer recuerdo del Quijote: un fragmento, con más dibujos y colores que texto, que no era el de los molinos de viento.
            Clavileño, tal vez. El viaje inmóvil.
            De la semana que pasamos en Mallorca, mi primer viaje de final de curso, veo sobre todo el hotel, como si no hubiéramos salido de sus bungaloes, como si todas las excursiones hubieran sido abortadas. El primer día el Medina, el Silva y yo nos quedamos dormidos, después de tantas patatas fritas y tanto helado en el buffet libre.
            El sopor de los viajes de final de curso.
            De Amsterdam, cuando llegó el verano entre tercero de B.U.P. y C.O.U., también conservo esa sensación de haber permanecido quieto, pese a los molinos, las fábricas de queso y de zuecos, los diques, los museos que nadie me había enseñado –ni quiso enseñarme entonces– a apreciar. Prevalecen los objetos sedentarios: la silla y la mesa del Hardrock Café; las camas del albergue; los asientos del autocar (no nos importaba el paisaje).
            Vomitamos todos.
            Demasiada mierda.
            Alcohol, hamburguesas de MacDonalds, desengaños amorosos, la adolescencia, mentiras, consumo, viajar por viajar sin viajar, irse por irse sin irse, drogas blandas, la educación pública española, los zuecos y los quesos y las postales que robamos.
            Fue un milagro que nadie se cayera a un canal.
            Me salvó el Costa; quizá yo también lo salvé a él. Y sobrevivimos todos porque la adolescencia hiere pero no mata.
            La adolescencia, la náusea.
            Para entonces ya había leído algunos capítulos del Quijote, no demasiados ni los suficientes.
            Aún no sabía que el viaje vertebra y explica la novela, que todos sus personajes viajan o han viajado, que todos sus seres están en decurso y son discurso: lenguaje en movimiento. Aún no sabía, tampoco, qué es una obra maestra. Ni que el Quijote es una novela-viaje y el examen final de una vida móvil. Ni que su universalidad se justifica en el mapa que a partir de sus páginas puede trazarse: ese Mediterráneo europeo y oriental y africano no está en Quevedo ni en la picaresca. Ni que ese espacio literario de piratas y vagabundos y exiliados y caballeros cabalgantes, de nómadas, reverso proscrito de la Europa noble del Tirant, testimonialmente descrito por Benjamín de Tudela en sus viajes, no había sido ficción realista hasta entonces. Aún menos podía saber que la cárcel-Madrastra, cuyo perímetro se iba reduciendo, ya no imperio, ya no pluralidad, ya no ciencia ni cultura, encuentra en el Quijote un túnel de huida, una ventana al mar, la carcajada de un loco que sólo puede entenderse en el contexto censor de un mundo que empequeñecía. Después: todas las demás lecturas.
            Tampoco sospechaba que la novela explica la vida de quien explicarse al leerla quiera.
            Cuando cinco años más tarde, a punto de licenciarme en humanidades, iba a bordo de de un autocar por las carreteras que bajan por Túnez hasta topar con las dunas del Sáhara, tampoco había leído los suficientes capítulos del Quijote ni había entendido que la vida es otra cosa, quién sabe qué, pero algo que tiene sólo una relación tangencial con la marihuana, la comida rápida, el amor desengañado, la adolescencia que persiste, la mentira, el consumo, el turismo sin razón de ser, la educación convencional, reglada, edulcorada, sin ambición, pública o privada o robada, qué más da.
            En la universidad sí había leído, en cambio, Pierre Menard, autor del Quijote y los poemas y ensayos-ficciones en que Borges explora la vertiente onírica del mundo cervantino. Para Borges no hay ancla a un tiempo ni a un país.
            Nunca he viajado en grupo como lo hice aquella vez, como un bruto, en manada, resistiéndome a crecer, alargando la despedida más de lo todavía posible, confundiendo la amistad con su imagen. Vomitando, sin devolver lo suficiente.
            Como aquella noche, en el hotel, de madrugada y borrachos, como niños o como perros aberrantes, planeando cómo íbamos a tirar al guardia de seguridad a la piscina. Dos lo distraen. Los demás tomamos carrerilla y lo empujamos. Qué divertido. Qué risa. A la de una, a la de dos...
            No nos atrevimos, porque éramos niños y no lobos bajo aquellas pieles bronceadas por el desierto y por la playa.
            No salíamos de la playa del hotel: a lo sumo nos alejábamos hasta un café agradable donde el té era acompañado por pipas aromáticas, hidráulicas, o hasta el supermercado, para comprar el vino y el vodka y el licor de dátil para la noche: había que trasnochar, a cualquier precio. Ésa era la meta.
            No fui al zoco. No visité mezquitas. No conocí a nadie.
            Con piel de lobo, disfrazándome.
            Arrimarse a los buenos lleva a la prostitución, aprendería más tarde, después del examen, un examen real, sin papel ni bolígrafo ni temas de estudio: las pruebas reales no se preparan la noche anterior: la respuesta no está en la memoria a corto plazo ni en la chuleta: está en el ecuador exacto entre el cerebro y los intestinos.
            Cuatro años más tarde llegó el examen de los viajes de final de curso. O el viaje para el cual aquellos viajes, que quizá no fueran más que ejercicios turísticos, me habían preparado sin yo saberlo.
            En el trasbordador que cruza el Estrecho de Gibraltar comencé a leer Reivindicación del Conde don Julián; en Tánger me compré una moneda de la República; en Rabat se concretó como una red neuronal el mapa de la diáspora mientras visitábamos un santuario de cigüeñas; Fes conserva, entre interferencias del árabe y del francés, fragmentos de la biblioteca sefardí; el Atlas fue una frontera simbólica; y el desierto, una dura metáfora de cinco siglos de historia nacional-católica, invitación al exilio; Marraquech, al final de la ruta, ciudad ocrerrosada, memoria.
            Fes y no Fez; Cusco y no Cuzco; México y no Méjico.
            Sevilla; Medina del Campo; Carrión de los Condes.  
            Aquel viaje lo hice en compañía de un gran amigo y su prima: como si hubiera de viajar en grupo por última vez para despedirme de los viajes en grupo.
            Definitivo.
            Mallorca, Amsterdam, Túnez: cómo había podido estar tan ciego.
            Al regresar ya había tomado la decisión de no demorar más la lectura ininterrumpida, de cabo a rabo, del Quijote; y, también en profundidad, la de Américo Castro.
            En los páramos glaciares de la Patagonia y en hoteles de paso: cada lectura tiene su marco.
            La conflictividad del Siglo de Oro, la guerra sin cuartel de invierno entre los cristianos viejos y los cristianos nuevos, una lectura del Quijote que destaca la denuncia, la representación del poder, los diálogos implícitos. La historia, la biografía.
            Yo no soy el texto; tú no eres el texto; el texto existe: fue creado por un él. Real.
            Eso sólo podía significar un adiós a Borges y a sus ficciones de inspiración cervantina.
            Que la actualidad es postborgeana queda patente en los textos que han imperado en los medios durante la celebración del IV centenario de la publicación del Quijote, en plena era de la globalcomunicación.
            Si se rastrean las entrevistas y artículos de Francisco Rico, Martín de Riquer o Mario Vargas Llosa no se encuentra ni una sola mención a la Inquisición, la expansión y caída del imperialismo español, la representación cervantina de la represión institucional o las alusiones constantes de Sancho Panza a su rancia cristiandad (“siempre creo, firme y verdaderamente, en Dios y en todo aquello que tiene y cree la santa Iglesia Católica Romana, y el ser enemigo mortal, como lo soy de los judíos”).
            A veces los viajes devienen dedos que se te meten por la boca hasta rozar las amígdalas: dedos que despiertan náuseas, arcadas, estertores en el esófago, sacudidas en el estómago: el vómito que aprendimos de los perros.
            Vómito inducido por los dedos de la crítica. No la hay sin auto-crítica.
            El Quijote tienen vocación de coloquio de perros y de vómito a la cara de los reaccionarios: vómito tragicómico, retrato descarnado y sangrante y esperpéntico de Madrastra.
            Las lecturas ahistóricas, oníricas, metaficcionales o divertidas del Quijote, como por otro lado la noventayochista o la neo-noventayocho, han sido estrategias de asimilación: así ha convertido el viejo imperio a la mejor novela creada en su lengua y una de las más críticas (¿cuándo tardarán en inventar algo similar para la segunda: La Regenta?) en su embajadora internacional. El Instituto Cervantes y el neo-imperialismo van de la mano. Y el crítico y desengañado Miguel de Cervantes Saavedra, a quien le fue negada la posibilidad de emigrar a las Indias, ha sido convertido en eso: nombre de instituto oficial, negocio americano.
            Vómitos.
            Es necesario frecuentar la compañía de los textos de Valle-Inclán o de Castro o de Márquez Villanueva para entender todo eso.
            Dime a quién lees y te diré quién eres.
            Dime cómo lees.
            Dime por qué lees.
            Dime a dónde viajas. Y cómo. Y por qué.
            Dímelo de una vez, maldita: qué hay bajo tu piel de perro (doméstico o salvaje, faldero o errante).
            Mallorca, Amsterdam, Túnez: Fes, Cusco, México: fragmentos de un mapa global de la huida.
            Dime con quién andas, decirte he quién eres: ahí estaba la clave. Roldán, Sevilla, Silva, Medina, Pulido, Costa, Cabrera: la historia de Madrastra está en esos apellidos que usábamos inconscientemente.
            Sólo había que esperar el momento de la relectura, al final de un viaje de final de cursos, para tomar conciencia.
            El vómito lo aprendimos de los perros, dice Don Quijote.
            Arcada, náusea, sacudida, limpieza: escribir, sí, como quien vomita.
           

(en Juan Francisco Ferré, El Quijote. Instrucciones de uso,  Eda, Málaga, 2005)

 

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