EL GRITO

días extraños en territorio neruda

 

1. sal en los ojos

Me fui temprano y sin mirar atrás.

Había dejado sobre la mesa de mi habitación (si lo prestado es tuyo alguna vez) un sobre con una propina para doña Sonia y Alejo y otro con una nota de agradecimiento dirigida a R. S. El taxista del pueblo había llegado puntual, de modo que tuve que apresurarme; pese a mis llamadas, antes y después de cargar la mochila y el ordenador portátil en el maletero, doña Sonia no apareció: no pude decirle adiós, gracias por todo, hasta la próxima.

Aunque no sé si volvería.

Me había levantado antes de las seis, en el momento exacto en que el insomnio había colmado mi paciencia. Me lavé la cara e hice que todas aquellas páginas que había escrito el día anterior desfilaran ante mis ojos enrojecidos, movidas por el cursor en la pantalla, como una película escrita, una película de escritura ante mi mirada agotada por el sueño. Por primera vez un texto, un fragmento de prosa que había salido de mí, me pareció necesario; nunca había experimentado aquella sensación, ni siquiera con lo que había publicado hasta entonces, que en su momento había sido dado por bueno.

Era tan temprano, dentro y fuera de la casa, en las construcciones precarias que hay más allá de la verja, en los almacenes de hoja de tabaco, en el pueblo, en todas partes era tan temprano que nadie me vio partir.

Y no miré atrás, creo haberlo dicho, no me volví ni saqué la cabeza por la ventana, ni se me ocurrió hacerlo: quizá por miedo a convertirme en sal.

Las yemas de los dedos empantanadas en el teclado.

- ¿Cenará a las nueve?

Ésa fue la pregunta de Doña Sonia que me sobresaltó, mi última noche en aquella casa, porque no había oído sus pasos y, sobre todo, porque fueron las cuatro palabras que pronunció [cenará a las nueve] y no la interrogación en sí [¿?], es decir, el sonido, no qué significaba ni cómo sonó, el sonido en sí, decía, lo que provocó el sobresalto: darme cuenta súbitamente de que mis dedos habían estado tecleando durante cinco horas sin detenerse.

Había revisado y re-escrito todo lo que había sido apenas redacción durante los últimos días.

Asentí. Esta vez sí que escuché sus pasos al retirarse. Eran las ocho y media. Me lavé la cara en uno de los cuartos de baño (el de las literas rojas y los autos de juguete, si mal no recuerdo) y pasé los veinticinco minutos restantes paseando de un extremo al otro de la galería. Los peces me miraban, creo. Los naipes y los juegos de ajedrez y los puzzles testimoniaban la muerte de las infancias de todas las personas que habían jugado en aquella casa. Conté hasta treinta y cuatro estuches de dominó, dispuestos sobre los tableros de dos cómodas de madera. Por primera vez en siete días la Casa me pareció una gigantesca casa de juguete, en cuyas habitaciones y porches yo habría sido una miniatura, un muñeco, sometido a la broma sonora de un niño gigante y malcriado.

En no más de cinco minutos rehice el camino de ayer: el gimnasio, la galería, el salón, el porche, pero no me detengo esta vez y continúo hasta el otro porche, el trasero, desde el cual veo -a través de la vidriera- mi ordenador (me lo he dejado encendido) y mi butaca, aún con mi peso desinflando el cojín, mi butaca, he dicho, como si lo prestado fuera tuyo alguna vez. De súbito, levanto la vista y creo haberlo encontrado: el motivo de aquéllo. Una veleta en forma de bruja a horcajadas sobre una escoba. El crujido metálico de su rotación eólica en esta frase esdrújula, como aquella tarde esdrújula también, escasa, irrepetible, no como los días llanos o las noches agudas, frecuentes hasta la rutina. La rotación y el viento y el crujido: eso me llamó la atención. Me reí de mí mismo y volví al resguardo de la Casa.

Cené, como en cada desayuno, como en cada almuerzo, como en cada cena, con vajilla de loza y cubiertos de plata, mi última cena. Cuando hube vaciado los platos, doña Sonia entró en el comedor para retirarlos. Entablamos entonces una breve conversación, sobre el tiempo, me parece: calor asfixiante fuera del amparo de la

Casa. De lo que sí que estoy completamente seguro es de mi falta de arrojo para preguntarle sobre aquéllo.

Era mi última noche en aquel lugar, me parece que ya lo he dicho.

Por cierto, aquello era el Grito.

El grito se derramó por el espacio de la casa como una nube tóxica. Juro que el grito se derramó por doquier: atravesó las vidrieras, irrumpió en la galería de juegos, sorteó el potro, la cama elástica, el saco de boxeo y las anillas del gimnasio, atravesó los móviles y mis tímpanos para entrar en mi cerebro. Me asusté. Juro que me asusté y que, tras levantarme dudando, giró mi cabeza hacia los ventanales, pero no descubrió nada al otro lado, no, no descubrió lo que buscaba: la procedencia del grito. Y avancé por la galería de juegos hacia la sala de estar, abrí la puerta y tampoco estaba. Juro que no estaba entre aquellos muebles Luis XV ni más allá, en el porche que había tras la segunda puerta, colonizado por los jazmines, las buganvillas, las flores de la pluma y los rododendros y las abejas y el sol de una tarde cuyo acento emigraba hacia la antepenúltima sílaba. Ni rastro del grito, pues no había nada ni nadie. Doña Sonia había salido. Alejo tampoco estaba. Tan sólo el carnero apareció ante mis ojos, su ser reducido a una piel supurando sangre, pero él no podía haber proferido aquel alarido avasallador, irrefutable, porque había sido degollado tres días antes y su carne había sido mi cena la noche anterior.

Doña Sonia no hablaba de la casa, sino de la Casa.

Amaneció lloviznando: el árbol rojo del patio, que el día anterior era como ver a través de un calidoscopio un incendio, aquella mañana no tenía brillo.

Le dije a Alejo que no ensillara a Isla Negra.

Pasaban los días y tan sólo redactaba; afortunadamente, las horas de lectura sí habían sido Lectura.

En alguno de los ratos muertos en que caminaba de un lado para otro, reparé en un plano topográfico, enmarcado en una de las esquinas de la casa. Estábamos a unos ochocientos metros de altura: las ondas de verde ascendían a nuestro alrededor. Recordé entonces que R.S. me había contado la historia de las Casas de Tierra Blanca en el transcurso de aquella cena que habíamos compartido algunas noches atrás, lejana a causa de la sensación de hondura que provoca el viaje en su perforación tunelicia del tiempo. Me había hablado de la concesión del rey de España a la familia Guzmán: una enorme franja de tierra que llegaba de la cordillera de los Andes hasta el océano Pacífico, cuyo nombre era la "Guzmanía". Por herencias y otros altercados el terreno se empequeñeció hasta que la reforma agraria lo dejó en la mera casa, que para entonces ya era propiedad de los Valdés. A la muerte de don Valdés la compraron los Adroste, cuyo patriarca mujeriego y jugador perdió la propiedad. Es de los actuales propietarios desde hace casi veinte años, cuando la adquirieron en una subasta pública.

La historia, pues, de una división colonial exponencialmente subdividida.

No le pregunté a doña Sonia en qué momento entró ella en la biografía de la Casa, supongo que porque a ese tipo de cuestiones siempre me contestaba con monosílabos o con evasivas, como si fuera un asunto sin importancia, como si su propia presencia no fuera relevante en un proceso que duraba siglos y en el cual tanto ella como yo no éramos más que actores secundarios, prescindibles, tan pronto apolillados por el olvido.

Antes de cenar, en mi deambulación localicé las dos capillas que había mencionado R.S. en algún momento de su relato. Una grande, similar a un garaje, a la entrada, con un Cristo en la cruz. La otra diminuta, no más de un metro cúbico envasado en piedra, ubicada al lado de las caballerizas, con una virgen azulada en actitud de rezo.

Eran los dos únicos espacios de la finca que no habían sido limpiados en las dos últimas décadas.

Me parece que fue al cuarto día cuando las flores cobraron nombre. Entonces fueron flores de la pluma, rosas, buganvillas, rododendros, jazmines. Y la mezcolanza de árboles se desintegró en palmeras plantadas y eucaliptos autóctonos, encinas, pinos, abetos.

Era tan fácil imaginar allí la agitación de un verano repleto de niños o una fiesta de disfraces...

Aura colonialmente carnavalesca.

En alguna de las pausas que hacía entre los periodos de redacción, entré entonces en los rincones que aún no conocía, como el bar repleto de objetos vetustos, con su barra de pub irlandés y su juke box y sus teléfonos anacrónicos, o como el despacho, el ventanal convertido en escaparate de caracolas, eco nacarino de los peces móviles que colgaban del techo del porche o de la ostra gigante que había a la entrada, similar a la que es vecina de la tumba de Neruda en su casa de Isla Negra. Nerudiano era el despacho en su disposición, en su gramática, pero allí nadie escribía. La bola del mundo no sugería viajes, las fotografías más antiguas de la Casa no eran sinónimos de biografías, ni siquiera -extrañamente- la de un rabino con aspecto de abuelo, atrapado en una imagen de principios del siglo XX.

Me percato ahora de que todos los atardeceres eran allí idénticos, como si siguieran un guión fotocopiado: se levantaba un vientecillo acompasado por los estertores del sol, que desaparecía a empujones más allá de los secaderos de hojas de tabaco, entonces los móviles de los porches se tornaban música en movimiento, música de metal y caña y madera y vidrio y conchas de mar, banda sonora de la caída de la tarde, del sol que desaparece más allá de los rosales y del muro de adobe que lo aleja de la finca, como aleja a las casas rudimentarias y al campo de fútbol improvisado y a las construcciones de ladrillo y uralita que pertenecen a los hijos y a los nietos de los que (como mi propia familia) nunca vivieron en una finca como la que me fue prestada.

Cerón, el perro tuerto, me veía cada tarde de pie frente al atardecer. Fue mi único testigo.

Era mi tercer día en la casa (doña Sonia hablaba de ella con inicial mayúscula, no sé si ya lo dije, yo en cambio aún le tenía el suficiente respeto o pensaba en ella como una más, entonces) y hasta aquel momento mis dedos se habían limitado a redactar. Teclear, redactar, reproducir palabras, oraciones, sintaxis, como si la escritura no fuera más que mera combinatoria: la verbalización de una matemática.

Los paseos se multiplicaban.

Merodeaba por las habitaciones de niños sin niños, por los jardines, por los porches, bajo el sol inclemente que sólo la casa sabía combatir, con su frescura inexplicable, de lento ventilador de techo colonial, o trotaba por la finca a lomos de Isla Negra, pues así bauticé al caballo sin nombre que Alejo me ensillaba a media mañana, cada día, porque incluso en lo excepcional acaba por imponerse la rutina.

Todo me era impropio: nunca nadie me había servido (mi abuela materna era criada, sirvienta, cómo decirlo), nunca había tenido un caballo a mi disposición, nunca había dormido en una casa tan grande, en una finca tan grande, sintiéndome yo tan pequeño.

Daba vueltas, sin centro.

Trataba de escribir, incluso creía a veces conseguirlo, pero no existía la conexión necesaria entre los dedos, los pulmones, el corazón, las neuronas, las pupilas, la sincronización necesaria, el ritmo de esos latidos que deben regar la lucidez, la sangre que ha de bombear el motor de la crítica.

Deambular descentrado.

- No me han dejado dormir los fantasmas.

Le mentí a doña Sonia. Me servía el té y creo que sonrió.

- Aquí no hay fantasmas, ¿cachai?, pero dicen que hubo gente famosa que se escondió en esta finca, la Quintrala, una mujer muy mala, y un presidente, Carlos Ibáñez del Campo. Pero no sé si serán rumores solamente...

Alejo me acompañó en la primera cabalgata (los días siguientes también eso sería soledad). Pasamos el muro de adobe y, lentamente, al cruzar otra frontera, la del arroyo que hace fértil al valle, comencé a hacerme una composición de lugar. El caballo sobre los puentes que sobrevolaban el sistema de acequias, pisando los senderos que corrían entre campos de remolacha, espárragos, patatas, tabaco. A nuestro alrededor, donde terminaban los caminos, las colinas encerraban los campos, las casas, a nuestros caballos con nosotros en sus lomos; el valle era prisión e historia.

El día pasó entre el teclado del portátil y los primeros paseos.

Paseos por la propia galería, colmada de objetos y perspectivas que descubrir, por las habitaciones que comunicaba, llenas de literas y de juguetes, por el gimnasio que había al final de la galería (espaldera, cama elástica, saco de boxeo, anillas, una mesa de ping-pong, todo enfocado por una cámara de fotografiar de madera, encaramada a un trípode); paseos por las cercanías, al atardecer, la piscina, la pista de tenis y el jardín (cactus, más flores, más plantas, la vida haciendo vibrar la vegetación: perdices, tordos, gallinas, caballos, insectos, pájaros cantores en su invisibilidad).

Al regresar, vi la piel de cordero, colgada de la viga del cobertizo de las herramientas, frente al perro -dormido- y la habitación de doña Sonia.

Había restos de carne en aquella piel vacía, vaciada.

La sangre caía tan lentamente que entre gota y gota había un paréntesis de aburrimiento.

No hay más fantasmas que los propios.

Mi llegada a Las Casas de Tierra Blanca fue mi llegada a otro museo.

Doña Sonia me esperaba en el porche, como la ama de llaves de las películas. También me había esperado el taxista en el apeadero de la autopista. Es baja y ancha de caderas, el rostro redondo, las manos redondas, ojillos de madriguera, sonrisa difícil. Me acompaña a la habitación que R.S. me presta, con una cama de matrimonio decimonónica (las sábanas huelen a lavanda) y un cuarto de baño con imágenes eróticas de los años cincuenta.

Cuando salgo de la bañera y me enfrento a esas mujeres fellinianas en traje de baño de dos piezas, cuyos voluminosos peinados son el resultado de los rulos y la permanente, reparo en que voy a habitar en un museo. Sobre el tocador: utensilios del pasado para afeitarse o cortarse las uñas, dispuestos sobre el mármol como si una mampara de cristal los separara del visitante. En el porche: móviles y pósters de películas antiguas y flores sin nombre. En el salón: mobiliario vetusto, cuadros, un candelabro de siete brazos, la cabeza disecada de un mamífero (caza mayor), el suelo alfombrado. Más allá, la galería de juegos.

Desde la primera mirada, desde el umbral que comunica ambos espacios, pensé que aquel lugar había sido hogar alguna vez, pero era ahora sólo infancia muerta, escritura.

La galería de juegos -lo que recuerdo como tal, lo que así llamo- comenzaba en el salón y finalizaba en un billar español kilométrico, iluminado por una lámpara de unos tres metros cuadrados confeccionada con mimbre, el mismo material con que habían sido hechas las otras cuatro lámparas -tres de techo, una de pie- que iluminaban la estancia, con sus siluetas de girasoles encarados hacia el suelo de rancio parqué. Bajo ellas, al lado de la vidriera infinita, había cinco mesitas rodeadas de sillas y sillones, donde tomar el té o jugar al ajedrez, a los naipes, al dominó. A unos dos metros, en el extremo opuesto de la galería-pasillo, una serie de cómodas se apoyaban contra la pared; en el centro de todas ellas, una chimenea de paredes tiznadas, en cuya repisa reposaban planchas de hierro. Paredes repletas de fotografías familiares. La luz inundaba la habitación a través de una gran vidriera cuadriculada, de madera barnizada de blanco, como las columnas de los porches.

Aura colonial.

Recuerdo que traté de escribir, aquella primera tarde, pero no puedo decir qué.

Doña Sonia me sirvió la cena en el comedor: arroz, ensalada de aguacate y tomate, cordero.

- Lo matamos ayer.

Vajilla de porcelana y cubertería de plata.

El enjambre de abejas ya no zumbaba en los jazmines que enredaban las columnas del porche a la puerta de mi habitación.

Me dormí enseguida, hojeando un libro de cuentos infantiles. Recuerdo vagamente uno de un niño que se convertía en sal.

 

2. en territorio neruda

Al anochecer descubrí que me estaba alojando en un museo. Cuando llegó R. S. -la hermana de E.- al apartamento de lujo -su casa- de Viticura -un barrio residencial de Santiago- en que yo había pasado la tarde escribiendo, comenzó a contarme de dónde procedían aquellos peces de vidrio o cerámica, aquel Buda hierático, los muebles, la mesita llena de peces, los objetos relacionados con el mar, los cuadros, las cajitas de metales preciosos, las cinco katanas que decoraban una pared...

- También colecciono primeras ediciones de Neruda.

Si cierro ahora los ojos, puedo revivir cómo se me obturaron los oídos cuando las abrí, una por una. Veinte poemas de amor , Residencia en la tierra , Canto General ... Decenas de libros de y sobre Neruda, ilustrados, con fotografías, dedicados por pintores y dibujantes... Los oídos silbándome, las manos sintiéndose privilegiadas... Pronto me sentí repugnantemente fetichista; pero ahora me doy cuenta de que la emoción no era por los objetos en sí, sino por lo que yo había sentido con aquellas lecturas, mucho tiempo antes, en ediciones vulgares, en libros de bolsillo regalados o comprados, cuando la poesía, la literatura era para mí iniciación tan sólo, todavía.

Iniciación tan sólo: todavía.

Los peces, el mar, las primeras ediciones y el coleccionismo me los había encontrado el día anterior en la Chascona, la casa que Neruda y Matilde Urrutia construyeron clandestinamente, en paralelo a su amor adúltero. Neruda era un coleccionista. Su poesía se basa (whitmanianamente) en la colección surrealista de imágenes, de versos, dispuestos por acumulación caótica, como los cuadros, muebles, postales, naipes, móviles o botellas que decoran la Chascona, la Sebastiana y su hogar de Isla Negra, sus tres casas chilenas decoradas con los tesoros de una vida diplomática.

Sus hogares espejean sus versos.

Sus hogares evidencian la tensión entre los viajes y la patria: el puerto como necesario retorno.

Aquella noche, durante la cena, R.S. me invitó a alojarme unos días en su casa de campo.

Partiría al día siguiente.

Sólo al salir de la Chascona, dos horas después de haber bajado del autocar que me había devuelto a Santiago tras algunos días en Valparaíso e Isla Negra, me di cuenta de que nunca había tenido una casa.

La guía quedó atrás, los muebles y las antigüedades y los cuadros quedaron atrás, también el pasadizo secreto que une el comedor con la alcoba, y el despacho en las alturas, la escritura siempre por encima del amor y de la amistad, en la torre de la soledad que nos aleja de todo y de todos, necesario.

Entonces salí a la calle y me di cuenta de que nunca había tenido una casa. Que los dos hogares -infancia y adolescencia- que me habían dado mis padres habían sido eso, mis hogares, pero no mis casas. Que ninguno de los tres pisos que había alquilado hasta entonces en Barcelona había sido mi casa. Por eso precisamente había pensado hasta entonces que era libre, porque la desposesión, a mis ojos, pasaba por el alquiler, lo provisional, lo nunca tuyo aún. No sé (no sabía, no sé) si la libertad tiene que ver con eso. Sólo mi estudio, en mi último piso, antes de partir y vender mi computadora, la bicicleta, los electrodomésticos, los muebles, todo menos la ropa y los libros, los libros que habían logrado que aquel estudio fuera lo más parecido que nunca tuve a una casa, aquel estudio que hasta mi llegada había sido una habitación de matrimonio, sólo allí puede acercarme a un sentimiento de habitar en un lugar propio.

Cómo apropiarte de las cosas. Cómo conseguir que te pertenezca todo eso que diariamente te rodea.

No pude (no: no pude) no pude Escribir en aquel estudio, ni en los demás lugares alquilados, ni en casa de mis padres. Sí pude escribir, redactar, combinar letras hasta formar palabras hasta ordenar sintaxis, como si la escritura fuera una suerte de matemática.

Regresé al hotel, sin mirar atrás, con sal en los labios: otro hotel.

 

3. el rastro

"(19.10.2003) Nos hemos levantado a las cinco para ver desde proa, con la luz primera, cómo atravesábamos la garganta más estrecha del trayecto. Los fiordos del Estrecho de Magallanes eran entre pardos y azules; el agua, mercurio. La alquimia era provocada por el sonido de una flauta, tocada por una chica en cubierta, anulada por un poseidón de motores y por algo que estaba en mis oídos, como un chillido monótono, y que no era debido al vino de anoche. No sé si ha sido el contexto o el sueño lo que me ha hecho creer en fantasmas esta madrugada. La explicación más fácil. Si me decido a hablar de ello, debería usar las convenciones del relato de terror. [...]

(20.10.2003) Al fin en Puerto Natales, a miles de kilómetros de Santiago y de la Casa, con el pelo corto, no puedo creer que una semana atrás estuviera allí, tratando de escribir y al fin escribiendo. [...]

(27.10.2003) No hay más fantasmas que los que llevamos dentro. [...] Toda América me empujaba por la espalda en ese mirador del fin del mundo [...]. Pregunta estúpida: ¿cuántos gritos transportaba yo en mi interior cuando llegué a Chile? Desde Potosí y Cuzco, los gritos de todos los esclavos, de todas las víctimas de la colonización, una vorágine de gritos dentro de mí, deseando salir. [...]

(1.11.2003) Lo contaré, si lo cuento, al revés de como lo viví, porque la Casa me llevó al Territorio Neruda, no a la inversa, aunque eso sea lo que sugiere la lógica de la cronología. Porque la Casa era en sí misma despedida, como lo es todo viaje: un estar ya despidiéndose, de ahí su intensidad, experiencia artística en ella misma. [...]

(27.11.2003) Somos espacio. Y movimiento. Entre ellos: una tensión que es nuestro secreto. Mi secreto era y es algo que podría llamar el Grito. [...]

(12.12.2004) Tarde de lectura en la biblioteca de Corrientes. [...] En El caminante, de Hugo von Hofmannasthal, sobre Rimbaud: “Que cree luchar por dinero, por dinero, por dinero, y que lucha contra su propio demonio, por algo atroz, innombrable” y más adelante: “Una vez se revela cada ser vivo, una vez cada paisaje, y por completo: pero sólo a un corazón profundamente conmovido”. [...]

(14.12.2004) Continúo sin tener una explicación sobre aquello; sin embargo, la busco, no dejo de buscarla. [...] como un rastro en mi diario de viaje. [...]

(29.12.2003) Los museos siempre me llevan a otros momentos. Mecanismos hacia lo pretérito, los museos. [...] Me corté el pelo, aquel día, me lo corté, sí; tampoco entonces miré atrás, un año de mí en el suelo de la peluquería y yo sin dedicarle ni tan siquiera una última mirada. [...]

(2.1.2004) El sexo sin más de esta madrugada, en una playa que podría estar en cualquier otro lugar y con alguien que podría pertenecer a cualquier otro país y conmigo, también intercambiable. Al abrir los ojos en el hostal he recordado brutalmente al carnero: su alarido podría haber permanecido, como un bucle en aquel espacio. Asco. Seminal. [...]

(7.1.2004) [...] En qué momento, cómo y por qué decides que ese material -esa historia, esa vivencia- será novela o relato o crónica de viaje. Cuál es el hilo invisible que une el material con la extensión y con el género. [...]

(15.2.2004) Paseando por el Pelourinho he ido anotando lo que sigue [...]. Posible relación entre aquello y estas líneas y todas mis líneas desde entonces. Entre aquello y el día que lo siguió, cuando escribí con la piel y los pulmones y los dedos y la médula y el cerebro, con una lucidez extraña como la frescura colonial de la Casa. Con una voz que reconocí como mía. Necesitaba aquel grito. Y necesito su eco. [...]"


Salvador de Bahía – Buenos Aires.
Enero – abril de 2004. 
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