ENTRE LA VIEJA EUROPA Y LA NUEVA ASIA
Jorge Carrión
Neo-Europas. Así llama Alfred Crosby, en su libro Ecological Imperialism, a regiones como Australia y Nueva Zelanda. El neologismo es acertado. En esa zona del planeta, fue tal la afluencia de emigrantes europeos –sobre una superficie de escasa población local, en gran parte aniquilada–, que las comunidades que se configuraron en los países de acogida reprodujeron en buena parte a las originales. En New Norcia, por ejemplo, un monasterio benedictino fundado a mediados del siglo XIX en Western Autralia por monjes españoles, la copia del modelo de Montserrat es tan fiel que hasta hay una Moreneta. Aunque ahora sus habitantes sean anglosajones, es el único rincón de la isla continente donde se duerme oficialmente la siesta.
Desde la independencia, la economía australiana dependió de los inmigrantes. En 1860 empezaron a llegar trabajadores provenientes de los Mares del Sur para trabajar en la producción de azúcar. Fueron periódicamente reclutados hasta 1904, cuando comenzaron a sufrir las políticas discriminatorias de la White Australia (una tendencia a favorecer la inmigración de gente blanca, que jamás fue una política oficial, sino que se disfrazó de leyes incorporadas a la legislación gubernamental). Hasta 1973, cuando la política fue abolida, sólo algunas comunidades no europeas eran bien recibidas en la isla, como la asiática especialista en el cultivo de perlas. La excepción, obviamente, se debía a la riqueza que estos expertos proporcionaban.
La reducción de la afluencia de asiáticos supuso la llegada de europeos dispuestos a trabajos manuales. En los años veinte, la mayor ola fue de italianos. En las décadas siguientes fueron emigrantes de Malta, España, Lituania o Rusia los que fueron abasteciendo los contingentes de mano de obra. Desde mediados de los setenta, empezó la afluencia de inmigrantes asiáticos. Hoy, el segundo idioma más hablado en Australia después del inglés es el chino; aunque el mayor grupo étnico después del anglosajón sea el italiano (las nuevas generaciones son casi monolingües, en inglés).
Hay más investigaciones sobre la emigración griega a Australia que sobre la española –sobre la cual sólo he encontrado, de hecho, una que supere el formato de artículo (Azúcar amargo, de William A. Douglas, que se centra en el caso vasco). Cuando constaté esa carencia, a principios de este siglo, decidí viajar tres mil kilómetros por la costa oriental en busca del rastro de una rama de mi familia materna que emigró en los coletazos de las operaciones Canguro y Marta (que llevaron a finales de los cincuenta y principios de los sesenta a cerca de diez mil españoles a las Antípodas, para trabajar en las fundiciones y, sobre todo, en la caña de azúcar). Otros tres mil kilómetros recorrí por la costa occidental, visitando la misión y el monasterio donde durante más de un siglo han servido religiosos españoles. Los de la primera generación sienten una nostalgia poderosa, pero reconocen que Australia ha sabido recompensar la dureza de los primeros años. Sus hijos y sus nietos tienen un acento inglés perfecto y ven España menos como raíces que como destino vacacional. Sin conciencia latina comentan, preocupados, cómo aumenta la población aborigen al margen de una integración posible, y cómo Australia está cada vez más cerca de Asia y más lejos de Europa. ¿Quizá en el siglo XXII tengamos que hablar de Neo-Asias?